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Hubo un tiempo en el que el oficio de compositor, el de poeta o el de filósofo eran patrimonio de una sola persona. Su propia cultura hizo de ellos miembros relevantes en sus respectivas sociedades. A ellos se acudía para mediar en conflictos políticos o para cantar las excelencias de un acontecimiento puntual; muchas de sus obras son verdaderas crónicas de los hechos acaecidos en aquellos días. En ellas encontramos un afán constante de superación de los impedimentos rítmicos que la propia notación imponía. Su imaginación iba más allá de las posibilidades técnicas de su época: piezas canónicas total o parcialmente imbricadas en complicados rondeaux retrógrados se presentan ante nuestros ojos de finales del siglo XX con la actualidad de las complejidades rítmicas de Stravinsky o de George Crumb, con la claridad visual de las litografías de Mats Escher o los enigmas matemáticos de Kurt Gödel. Muchas de ella preludian los complicados cánones de las misas de Alonso Lobo, los Magnificats de Sebastian de Vivanco, los contrapuntos de Fux o La Ofrenda Musical de Cach. Todo ello con una grafía que se hace cómplice en sus formas del significado textual que cantan sus notas.

Módena, Turín, Chantilly, Squarcialupi, berkeley, Reina... son algunos de los códices que encierran un repertorio sutil, sensual, religioso o cinegético con alegorías a la mitología clásica y frecuentes paradojas musicales. Su complicación notacional está en relación directa con lo mucho que la música y los músicos tenían que decir en una época, reflejo de su consideración social y de la abstracción intelectual que se exigía a los oyentes.

Joan Carlos Asensio