Informe de la ONU sobre los Derechos Humanos en Colombia
Texto presentado por la
Oficina en Colombia del Alto Comisionado de las
Naciones Unidas para los
Derechos Humanos, ante el 57 periodo de sesiones
de la Comisión de Derechos
Humanos , que se realiza en Ginebra (Suiza).
INTRODUCCIÓN
Desde hace ya algunos años,
la Comisión de Derechos Humanos viene
siguiendo con preocupación
la situación de los derechos humanos en
Colombia. Esto se ha visto
reflejado en sucesivas declaraciones por parte
de su Presidente. La
Comisión de Derechos Humanos solicitó en 1996 a la
Oficina del Alto
Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos
Humanos establecer una
oficina en Colombia, teniendo en cuenta la
invitación del Gobierno de
este país.
El 26 de noviembre de 1996
fue establecida la Oficina del Alto Comisionado
de las Naciones Unidas para
los Derechos Humanos en Colombia (OACNUDH),
mediante acuerdo firmado por el Gobierno de ese país y el entonces
Alto
Comisionado de las Naciones
Unidas para los Derechos Humanos. En el marco
de este acuerdo, la Oficina
debe observar la situación de los derechos
humanos y de derecho
internacional humanitario con el objeto de asesorar a
las autoridades colombianas
en la formulación y aplicación de políticas,
programas y medidas para la
promoción y protección de los derechos
humanos, en el contexto de
violencia y conflicto armado interno que vive
el país. Ello debe permitir
a la Alta Comisionada presentar informes
analíticos a la Comisión de
Derechos Humanos. El acuerdo fue prorrogado
por tercera vez, hasta
abril de 2002.
En el 56º período de
sesiones de la Comisión de Derechos Humanos (2000) la
Declaración de la
Presidencia consideró que la Oficina "sigue desempeñando
una función vital en la
lucha contra las violaciones de los derechos
humanos y del derecho
internacional humanitario..." y señaló que "sigue
creyendo que la valiosa
labor de promoción y protección de los derechos
humanos que realiza al
ayudar a las autoridades de Colombia a formular
políticas y programas en
ese ámbito es de máxima importancia y la apoya
plenamente". Asimismo
agregó que la Comisión "recomienda que se amplíe la
presencia de la Oficina del
Alto Comisionado de las Naciones Unidas para
los Derechos Humanos más
allá de Bogotá" y solicitó a la Alta Comisionoada
la presentación de "un
informe detallado que contenga un análisis de la
Oficina de Bogotá sobre la
situación de derechos humanos en Colombia".
El presente informe
corresponde al período comprendido entre enero y
diciembre de 2000 y se basa
en la información recogida por la Oficina del
Alto Comisionado de las
Naciones Unidas para los Derechos Humanos en
Colombia, directamente o a
través de sus interlocutores, y analizada por
la misma. La Oficina
esencialmente en el desarrollo de sus funciones de
observación, recibe quejas
y se desplaza la las regiones para observar
directamente muchas
situaciones concretas que se presentan en el país y
que se relacionan con su mandato. Así, mediante sus entrevistas
y
reuniones con víctimas,
testigos, autoridades nacionales y locales, tanto
civiles como militares, y
su observación directa a través de sus viajes,
la Oficina analiza los
datos e informaciones, y evalúa los comportamientos
de los distintos actores
involucrados, tanto en los hechos violatorios
como en las
responsabilidades de actuación para la prevención o la
protección. Como resultado
de este ejercicio, la Oficina traslada sus
preocupaciones a las
autoridades competentes y presenta las
recomendaciones que
considere pertinentes para hacer frente a esas
diversas situaciones. En
relación con ello enfoca, además, su asesoría
legal y la cooperación y
asistencia técnica con las instituciones,
respondiendo al resultado
de dicha observación, al diagnóstico elaborado y
a los obstáculos y
dificultades identificados.
I. VISITA DE LA ALTA
COMISIONADA DE LAS NACIONES UNIDAS PARA LOS DERECHOS
HUMANOS A COLOMBIA
La Alta Comisionada de las
Naciones Unidas para los Derechos Humanos
visitó el país entre el 3 y
el 4 de diciembre de 2000. Los propósitos de
la visita fueron verificar
la situación de derechos humanos, impulsar la
labor de su Oficina en
Colombia y resaltar el papel cumplido, tanto por su
Director como por su equipo
de trabajo. Su presencia en Colombia se
produjo en momentos críticos
para el país y cuando se vislumbraba una
posible ruptura del proceso
de paz con las FARC.
En su segunda visita a
Bogotá, la Alta Comisionada se entrevistó con el
Presidente de la República,
Andrés Pastrana Arango, con la Comisión
Intersectorial de Derechos
Humanos, integrada por ministros del despacho y
las cabezas de las
instituciones judiciales y de control, con el Ministro
de Trabajo, con el Defensor
del Pueblo, con líderes políticos y
empresariales, con
periodistas, con más de 20 representantes de
organizaciones de derechos
humanos, de los sindicatos, del movimiento por
la paz, de indígenas y de
afrocolombianos, y con representantes de las
agencias del sistema.
Intervino, igualmente, en una rueda de prensa con
los principales medios de
comunicación del país.
La visita de la Alta
Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos
Humanos permitió el envío
de mensajes firmes, no sólo sobre la importancia
de los derechos humanos para un Estado de derecho sino también
sobre la
necesidad de construir en
el país una paz negociada. En este sentido,
llamó a la sociedad civil a
superar la aguda polarización y a desechar las
posiciones guerreristas.
La Alta Comisionada, en
mensajes dirigidos al Gobierno, a los actores
armados y a la sociedad
colombiana, hizo énfasis en varios puntos
concretos. A todos los
actores armados les reiteró que los principios
humanitarios no son
negociables ni adaptables. Instó al Gobierno, en
particular, a poner en
marcha un mecanismo eficaz para la lucha contra el
fenómeno del
paramilitarismo, a abordar las causas estructurales de la
crisis carcelaria, a
acelerar la adopción de un Plan de acción nacional en
derechos humanos y a
adelantar una evaluación independiente del Programa
de Protección de Defensores
de Derechos Humanos del Ministerio del
Interior.
Al Gobierno, a todos los
actores armados y a la sociedad colombiana en su
conjunto les reiteró la
importancia de respaldar con mayor fuerza la
suscripción de un Acuerdo
Global de Derechos Humanos y de Derecho
Internacional Humanitario
como un paso importante para la reafirmación de
valores comunes y para el
fortalecimiento del proceso de negociación de
paz.
II. ACTIVIDADES DE LA
OFICINA
En el año 2000, la Oficina
continuó su actividades buscando intensificar
el fortalecimiento de cada una de sus áreas de trabajo, es
decir, de
observación, de asesoría
legal y de cooperación técnica.
Las quejas presentadas ante
la Oficina continuaron siendo una fuente
privilegiada de acceso y
comprensión de la realidad del país. En 2000 se
recibieron 1017 quejas, de
las cuales 759 fueron admitidas. Se enviaron
108 comunicaciones a las
autoridades y se emprendieron numerosas gestiones
directas. La Oficina
realizó viajes a distintas regiones del país,
completando un total de 65
visitas al terreno y de 145 días de actividades
fuera de Bogotá. Estos
viajes se han focalizado esencialmente sobre
regiones de especial
preocupación por la gravedad de las violaciones de
derechos humanos y de las infracciones al derecho internacional
humanitario, en zonas donde
se identificaron posibilidades de prevención
de tales violaciones e
infracciones, y en localidades donde el
acompañamiento a las
víctimas se hizo indispensable.
La Oficina incrementó sus
actividades relacionadas con el asesoramiento
jurídico. Asistió a
numerosas reuniones de trabajo en el seno de comités y
otras instancias para
impulsar investigaciones de violaciones de derechos
humanos e infracciones al
derecho internacional humanitario, elaborar
programas e identificar
acciones para la protección y garantía de estos
derechos, y para impulsar
el seguimiento de las recomendaciones . La
Oficina elaboró cuatro
Hojas Informativas (publicaciones que tienen por
objeto precisar, en el
marco de la normativa internacional, conceptos que
contribuyan al análisis de
temas de actualidad nacional).
Asimismo, se publicó, en
colaboración con la Universidad Nacional, una
recopilación y
actualización de las recomendaciones internacionales hechas
a Colombia en materia de
derechos humanos y derecho internacional
humanitario. También se
prepararon dos compilaciones, una de instrumentos
de Derecho internacional de
derechos humanos, de derecho internacional
humanitario y de derecho
penal internacional y otra de jurisprudencia y
doctrina internacional y
nacional en la materia (véase el capítulo VIII).
Adicionalmente, la Oficina
publicó un boletín sobre normas de seguridad y
de autoprotección.
En cuanto a la tarea de
asesoramiento y asistencia técnica, la Oficina
continuó intensificando su
diálogo y desarrollando los proyectos con las
instituciones colombianas
encargadas de la protección y promoción de los
derechos humanos, así como
con las organizaciones no gubernamentales e
instituciones académicas
(véase el capítulo VIII).
Como parte de su política
de promoción y difusión, la Oficina participó en
numerosas actividades
(seminarios, foros, talleres y conferencias).
Realizó ademas dos talleres
regionales con organizaciones no
gubernamentales (véase el
capítulo VIII). Asimismo, en el marco del
trabajo con los medios de
comunicación, la Oficina incorporó un oficial
encargado del tema y llevó
a cabo reuniones y talleres con periodistas. Su
Director concedió varias
entrevistas, convocó conferencias de prensa y
mantuvo numerosas reuniones de trabajo con los directores de
los más
importantes medios del
país. La Oficina elaboró también 17 comunicados de
prensa.
III. Dificultades para el
desarrollo del mandato de la Oficina; Situación
de los derechos humanos y derecho internacional humanitario
III. DIFICULTADES PARA EL DESARROLLO DEL MANDATO DE LA OFICINA
El pleno desarrollo del
mandato de la Oficina se ha visto confrontado por
algunas dificultades que
son importantes señalar. La primera de ellas es
el notorio y objetivo
agravamiento de la situación del respeto a los
derechos humanos y al
derecho internacional humanitario en Colombia. Esto
ha provocado el cierre
progresivo de múltiples espacios de participación,
denuncia, investigación y
seguimiento a todo nivel y escala, afectando
directamente las labores
del conjunto de entidades que trabajan en el
campo de los derechos
fundamentales, particularmente las organizaciones no
gubernamentales. Dentro de
los límites de sus recursos, la Oficina
concientemente multiplicó
sus esfuerzos para proseguir su trabajo en tan
graves y difíciles
circunstancias y examinar la situación de muchas
regiones a pesar del
patente clima de polarización e intolerancia que vive
el país (véase el capítulo
IV).
También se han presentado
inconvenientes en la interlocución con el
Gobierno. Las instancias en
las que la Oficina -desde el inicio de sus
actividades en el país-
logró brindar acompañamiento, apoyo y asesoría al
Estado para promover
acciones y programas destinados a enfrentar las
diferentes problemáticas y
hacer el seguimiento de las recomendaciones
internacionales, han sido
disueltas, o marginadas de los ejes de las
principales políticas
gubernamentales, o bien disgregadas en aspectos
colaterales a los
principales problemas, o el efecto que han tenido no ha
estado a la altura de la
magnitud de la crisis. Por ejemplo, las
respuestas gubernamentales
a las comunicaciones trasmitidas por la Oficina
sobre casos y situaciones
específicas (como alertas tempranas), en su
abrumadora mayoría han sido
insatisfactorias, inoperantes y puramente
burocráticas. Aún cuando el
propio Presidente Pastrana tomó seria nota de
todas estas situaciones, el
detrimento de la calidad de la respuesta
gubernamental a la interlocución
con la Oficina no se ha corregido de
manera sustantiva y las
funciones y capacidad de impacto de este mecanismo
resultaron muy
desaprovechadas por el Gobierno.
Para superar el reto que un
marco tal supone, la Oficina reformuló su
estrategia de acción y
cooperación buscando los canales y métodos más
propicios y efectivos para
tal efecto. Por una parte, en un esfuerzo por
desarrollar el diálogo con
el Gobierno, más allá de la coyuntura de
realización del período de
sesiones anual de la Comisión de Derechos
Humanos de las Naciones
Unidas, la Oficina presentó al Presidente Pastrana
-a mediados de año- sus
principales preocupaciones, mediante un informe
reservado, sin que ello
generara un cambio en la dinámica de la
interlocución. Por otra
parte, consciente de la creciente expectativa y
atención que generosamente
le han brindado todos los sectores del país, la
Oficina redobló sus labores
y diálogo con un amplio abanico de grupos
políticos, empresariales,
eclesiales, sindicales, barriales, campesinos,
académicos, estudiantiles,
y de reinsertados de ex-movimientos
insurgentes, en todos los
cuales la recepción obtenida ha sido
reconfortante.
Finalmente, la Oficina
también afrontó, durante el mismo período,
dificultades de orden
financiero que tuvieron fuerte impacto en sus
actividades. La llegada
tardía de recursos necesarios para el cumplimiento
del mandato hizo que,
durante aproximadamente un mes, la Oficina no
pudiera mantener su
presencia periódica en las diversas regiones del país.
Por otra parte, algunos de
los proyectos previstos en el marco de la
cooperación técnica no
pudieron, por la misma razón, implementarse en el
transcurso del presente
período, provocando su postergación para el
siguiente año. Asimismo, la
apertura de las oficinas regionales previstas
en el plan de acción de la
Oficina, en seguimiento de las recomendaciones
de la Comisión de Derechos
Humanos, quedó igualmente pendiente de
ejecución.
IV. CONTEXTO NACIONAL
En el panorama general de
los acontecimientos del año 2000, en Colombia se
entretejieron de manera
compleja y crítica asuntos de naturaleza
diferente. Entre ellos
figuran los diálogos de paz entre el Gobierno y las
guerrillas, las agudas
diferencias surgidas entre las élites políticas por
los debates sobre reforma y referéndum, y la crisis que ello
conllevó.
También se incluye en ese
panorama las escandalosas revelaciones sobre
prácticas persistentes de
corrupción en la contratación estatal, el
intenso proceso de discusión
en torno a la aprobación de recursos
internacionales
relacionados con objetivos de la iniciativa denominada
"Plan Colombia",
y los delicados escollos que han emergido en las
relaciones bilaterales con
la vecina República de Venezuela. De manera
paralela, procesos de corte
más estructural, como son la persistencia de
los duros efectos de la
seria crisis económica del año 1999 y la constante
y nociva actividad de las
poderosas redes del narcotráfico, siguen siendo
relevantes para la completa
comprensión de la situación del país.
Desarrollar de manera
adecuada cada una de las cuestiones antes
mencionadas escapa,
probablemente, al marco que señala el mandato de la
Oficina y, sin duda, excede
las limitaciones de espacio del presente
Informe. No obstante, es
indispensable que en esta sección se llame la
atención sobre la
polarización que empezó a afectar a Colombia a lo largo
del año. La dinámica de la
polarización logró madurar hasta configurarse
nítidamente como el más
preocupante fenómeno político-social, e incluso
militar, que podría afectar
el próximo ciclo político del país. El propio
Presidente Pastrana ha
advertido públicamente sobre los riesgos de un
escenario tal. El influjo
de la polarización comenzó a atravesar
subrepticia y
paulatinamente el conjunto de los temas centrales
previamente aludidos y , de
no ser revertido, se proyecta con capacidad de
definir el curso de los
principales acontecimientos y decisiones del
conjunto de actores que
forman parte del cuadro de las múltiples crisis
colombianas. El actual
proceso de polarización no sólo trae consecuencias
negativas para los diálogos
de paz, los ensayos de concertación social y
laboral, el debate político
nacional y la economía, sino que también
contribuye a acelerar
procesos de desinstitucionalización del Estado de
derecho.
El Gobierno persistió en
sus esfuerzos por avanzar hacia la adopción de
acuerdos en la búsqueda de
la paz e impulsó numerosas gestiones con este
objetivo (véase el capítulo
VI.1). No obstante, durante el período del
presente informe, la Oficina ha notado que el amplio respaldo a
la
continuación de las
negociaciones con las FARC disminuyó
considerablemente. Existen
algunos sectores sociales y líderes políticos
que piden el fin de la
"zona de distensión" y el inicio de ofensivas
militares a gran escala
contra las guerrillas. De la misma manera,
reclaman la aprobación de
normas que posibiliten la creación de "milicias"
armadas, lo cual anuncia un
peligroso escalamiento de la confrontación
bélica. A su vez, se han
adelantado propuestas gubernamentales para
cambios normativos
importantes que podrían afectar y limitar derechos y
garantías constitucionales
y agravar la situación de impunidad. La Oficina
también ha detectado que un
número creciente de actores y sectores del
país tienden a percibir
todo análisis crítico, incluso aquellos que tiene
carácter constructivo, como
ataques frontales y deliberados. La Oficina ha
observado, igualmente, que
el camino del diálogo con el ELN tampoco este
año pudo ser allanado,
aunque se registraron avances importantes (véase el
capítulo VI.1). Se trata,
en términos generales, de un ambiente que
debilita los espacios de
interlocución a todo nivel.
Visto lo anterior, el reto
principal en Colombia es reagrupar las
voluntades nacionales para
volver a encauzar al país en un camino de
respeto y vigencia de los
derechos fundamentales, de pleno desarrollo
humano y de una paz justa y
duradera. Manteniendo ese horizonte en mente,
la preocupación de muchos
países amigos de Colombia se ha concentrado en
el eje de la solución
negociada del conflicto armado interno. La acción de
la Oficina, en el seno de
las actividades de conjunto que realiza el
sistema de las Naciones
Unidas en Colombia, puso el énfasis en la difusión
de la iniciativa del
"Acuerdo Global sobre Derechos Humanos y Derecho
Internacional
Humanitario". A esta iniciativa han dado su respaldo la
Comisión de Derechos
Humanos, a través de la Declaración de su Presidente,
y el propio Secretario
General de las Naciones Unidas. En noviembre de
2000, el Presidente Pastrana
encabezó y presentó ante el país un consenso
de importantes corrientes
políticas colombianas en torno a un "Frente
Común por la Paz y contra
la Violencia". En éste se señaló como una
"consideración
urgente" el logro de un acuerdo como el referido. En
desarrollo de su mandato,
la Oficina seguirá impulsando la propuesta del
"Acuerdo Global",
buscando con ello contribuir en la construcción de
consensos fundamentales que
detengan la espiral de confrontación y
polarización.
V. SITUACIÓN DE LOS
DERECHOS HUMANOS Y DERECHO INTERNACIONAL HUMANITARIO
El presente informe, de
conformidad con el mandato de la Oficina en
Colombia, se refiere tanto
a violaciones de los derechos humanos como a
infracciones al derecho internacional humanitario. Las acciones y
omisiones contra derechos
consagrados en instrumentos internacionales de
derechos humanos
constituyen violaciones de éstos cuando tienen por
autores a servidores públicos
del Estado o a particulares que obran por
instigación, con el
consentimiento o con la aquiescencia de las
autoridades.
En el marco del conflicto
armado interno colombiano, las infracciones al
derecho internacional
humanitario son acciones u omisiones contrarias al
artículo 3 común a los
Convenios de Ginebra, al Protocolo II adicional a
éstos y al derecho
consuetudinario, cuya autoría corresponde esencialmente
a quienes participan
directamente en las hostilidades. En Colombia, el
derecho internacional
humanitario se aplica al Estado, a las guerrillas y
a los paramilitares.
En el país, los principales
grupos armados insurgentes (guerrillas), que
se oponen al Estado, son
las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
(FARC), la Unión
Camilista-Ejército de Liberación Nacional (UC-ELN) y el
Ejército Popular de
Liberación (EPL). También existen grupos paramilitares
que se llaman a sí mismos
"autodefensas" y reclaman ser fuerzas de
carácter netamente contra
insurgente. La mayoría de ellos se identifica
pública y colectivamente
como "Autodefensas Unidas de Colombia" (AUC),
siendo su núcleo más fuerte
y conocido el de las "Autodefensas Campesinas
de Córdoba y Urabá"
(ACCU).
Las violaciones de derechos
humanos por parte de los grupos paramilitares
comprometen la
responsabilidad del Estado en diversos supuestos. Por una
parte, dentro del contexto
en el cual se realizan los hechos imputables a
esos grupos hay elementos
de responsabilidad general del Estado por la
existencia, el desarrollo y
la expansión del fenómeno paramilitar. De otra
parte, hay también
situaciones en las que el apoyo, la aquiescencia o la
tolerancia de servidores
públicos ha sido sustantivo en la realización de
los mencionados hechos.
Igualmente deben considerarse constitutivos de
violaciones de los derechos
humanos los hechos perpetrados por integrantes
de grupos paramilitares por
obra de la omisión de las autoridades. Cabe
señalar que el Estado
colombiano tiene obligaciones positivas en materia
de protección de los
derechos humanos y de prevención de sus violaciones.
Es importante igualmente
destacar que varios de los siguientes casos
comprometen la
responsabilidad directa o indirecta del Estado en materia
de derechos humanos al
mismo tiempo que constituyen infracciones al
derecho internacional
humanitario.
A.
Derechos civiles y políticos
A. Derechos civiles y políticos
1. Derecho a la vida
Como en años anteriores,
durante el año 2000 las violaciones más notorias
y numerosas del derecho a
la vida estuvieron constituidas por las
ejecuciones
extrajudiciales. Éstas se consumaron tanto en su modalidad de
masacre como en la de
homicidio individual o "selectivo". Aunque un alto
porcentaje de las
ejecuciones parecía tener móviles políticos, en algunas
de ellas eran
identificables los elementos característicos de la llamada
práctica de "limpieza
social".
Las masacres fueron
cometidas, en su mayoría, durante el desarrollo de
violentas incursiones de
los grupos paramilitares y, muchas de ellas,
dieron lugar al
desplazamiento forzado de los pobladores de la zona. El
Ministerio de Defensa
afirmó que "esos grupos son responsables de una gran
parte del incremento de las
violaciones a los derechos humanos en los años
recientes" . En casos
como los de Ochalí (Antioquia), el 19 de enero,
Ovejas (Sucre) y El Salado
(Bolívar), entre el 16 y el 19 de febrero,
Pueblo Bello (Cesar), el 8
de marzo, y Tibú (Norte de Santander), el 6 de
abril, el número de muertos
en cada matanza osciló entre 15 y 54. Como
caso paradigmático cabe
resaltar la masacre ocurrida en la madrugada del
día 22 de noviembre en la
Ciénaga Grande de Santa Marta (Magdalena). En
esa ocasión, un grupo de 60
paramilitares incursionó en poblados de
humildes pescadores y dio
muerte a por lo menos 42 personas. A raíz de
estos hechos, fue
denunciada la desaparición forzada de 30 personas y
otras 3000 se desplazaron.
Estos crímenes forman parte de un ataque
sistemático contra la
población civil.
La crueldad deliberada y
extrema fue el sello característico de esas
masacres, incluyendo actos
con altos niveles de sevicia sobre las
víctimas, acusadas de una
supuesta simpatía por la insurgencia. Además,
provocaron una atmósfera de
zozobra y terror sobre los civiles. Los
departamentos más afectados
por las ejecuciones colectivas de autoría
paramilitar fueron
Antioquia, Bolívar, Casanare, Cauca, Cesar, Chocó,
Magdalena, Norte de
Santander, Putumayo, Sucre y Valle.
El grueso de la población
afectada por las ejecuciones extrajudiciales de
origen paramilitar estuvo
constituido por campesinos de todas las edades,
sin excluir a los niños. En
el campesinado ven los miembros de las AUC a
posibles colaboradores
clandestinos de la guerrilla o a sustentadores
pasivos de la misma.
La Oficina también recibió
información sobre ejecuciones extrajudiciales
cuyos autores habrían sido
integrantes de la fuerza pública. En el
departamento de Caldas se
acusó a miembros de la Policía nacional de las
matanzas con motivaciones
de "limpieza social" en los municipios de
Salamina, Neira y Aranzazu.
También se tuvo conocimiento de que, en Pasto
(Nariño), un oficial y
varios agentes del mismo cuerpo armado fueron
llamados a indagatoria por
la muerte de personas indigentes cuyos
cadáveres aparecieron
degollados y con signos de tortura. En Pueblo Rico
(Risaralda), el 18 de
abril, tres indígenas del pueblo Emberá-Chamí fueron
víctimas de una masacre que
habría sido ejecutada por hombres del
ejército. Otro ejemplo lo
constituye la muerte, el 3 de octubre, de Over
Perea, de 15 años por un
agente de la Policía, en el sector de El Cartucho
(Bogotá). El joven, quien
fue retenido junto con otros tres menores, fue
torturado, le dispararon y posteriormente su cadáver fue arrojado
a un
contenedor de basura. En
las masacres de Ovejas y El Salado, ya
mencionadas, la Oficina
recibió testimonios sobre la posible participación
directa de miembros del ejército
en estas acciones paramilitares.
En lo que se refiere a
"homicidios selectivos", durante el período
cubierto por el presente
informe, los grupos paramilitares dieron muerte
violenta, entre otros, a
funcionarios municipales, candidatos a cargos de
elección popular, ex
combatientes desmovilizados, indígenas, académicos,
estudiantes, sindicalistas
y defensores de derechos humanos.
Durante el presente
período, la Oficina ha podido registrar un nuevo
patrón de actuación por
parte de las AUC en materia de muertes selectivas.
En efecto, en varias zonas
del país se observa que las muertes selectivas
son cada vez más
frecuentes, por encima de las masacres que
caracterizaron, en términos
generales, la actuación de los grupos de
autodefensa. Tal patrón,
que busca disminuir el impacto público de las
matanzas, fue notorio en
Barrancabermeja (Santander) y en varios
municipios del norte del
departamento del Cauca. Por otra parte, la
Oficina tuvo conocimiento
de que en algunas localidades controladas por
grupos paramilitares se ha
ejercido una práctica sistemática de limpieza
social en contra de
prostitutas, homosexuales, delincuentes, drogadictos,
niños de la calle,
recicladores, entre otros; fenómeno poco reportado
oficialmente. Ello se
observó, en particular, en zonas como Montería y
Tierralta (Córdoba),
Remedios y Segovia (Antioquia), en Santa Marta
(Magdalena) y en Quibdó (Chocó).
Otras violaciones del
derecho a la vida registradas durante el año 2000
fueron las que se
perpetraron por agentes de la fuerza pública del Estado
al actuar con negligencia o
con uso excesivo de la fuerza en eventos
durante los cuales se
emplearon armas de fuego o gases lacrimógenos. Así
ocurrió en el municipio de
Toledo (Norte de Santander), el 11 de febrero,
al disolver una
manifestación de los indígenas del pueblo U'wa contra la
empresa petrolera OXY,
hecho en el cual resultó muerta una niña de seis
meses.
Gran consternación causó en
el país lo ocurrido en Pueblo Rico (Antioquia)
el 15 de agosto, cuando
miembros del Ejército Nacional dieron muerte a
seis niños y dejaron
heridos a otros cuatro menores, sobre los cuales
habrían disparado durante
alrededor de media hora.
Por último, con las
violaciones del derecho a la vida están relacionadas
estrechamente las amenazas
de muerte proferidas por los paramilitares
contra personas al servicio
de organizaciones no gubernamentales pro
derechos humanos,
funcionarios judiciales, periodistas, sindicalistas,
ministros religiosos,
profesores y estudiantes universitarios (véase el
capítulo VI).
2. Derecho a la integridad
personal
Aunque desde hace algunos
años han disminuido notoriamente en Colombia las
quejas sobre tortura
aplicada para obtener confesiones o testimonios, en
los últimos 12 meses
siguieron reportándose numerosos casos de personas
torturadas con fines de
castigo o de intimidación. La casi totalidad de
las víctimas de tortura en
Colombia resultan sometidas a graves
sufrimientos porque los
torturadores se proponen, ya sancionarlas
ilegalmente por lo que son,
piensan, opinan o hacen, ya infundir miedo en
sus parientes amigos,
vecinos o copartidarios.
Muchas de las personas que
pierden la vida en las ejecuciones
extrajudiciales perpetradas
por agentes del paramilitarismo son
previamente torturadas por
sus captores con los suplicios más atroces,
como en el caso de Ovejas y
El Salado anteriormente aludido. El hecho de
que generalmente la tortura
preceda a la ejecución extrajudicial, tiene un
efecto distorsionador sobre
las estadísticas referidas a aquel crimen. Al
acopiar información acerca
de los casos de homicidio colectivo o
selectivo, los nombres de
las víctimas suelen incorporarse al renglón de
las violaciones contra el
derecho a la vida sin mencionar que con respecto
a esos muertos también hubo
violaciones del derecho a la integridad
personal. En otros casos,
los médicos que realizan la necropsia omiten
establecer la existencia de
indicios de tortura en los cadáveres.
En el transcurso del año
también se registraron violaciones del derecho a
la integridad personal por
medio de tratos crueles, inhumanos o
degradantes. Estos tratos
lesionaron a personas que tomaban parte en actos
públicos de protesta, como
sucedió en Montería (Córdoba), el 6 de marzo,
durante el desalojo de un
predio ocupado por invasores, o a personas que
se hallaban privadas de
libertad en instalaciones policiales y en centros
de reclusión. Por lo demás,
en lo que respecta a las condiciones en que
las se mantiene a miles de
personas en las cárceles colombianas, véase el
capítulo VI.
Finalmente, la Oficina ha
recibido quejas sobre el uso desproporcionado de
la fuerza en actuaciones
militares y policivas. Se reportaron casos en los
cuales los funcionarios
encargados de hacer cumplir la ley proceden con
abierto desconocimiento de
los principios internacionales sobre
legitimidad, proporcionalidad y oportunidad del empleo de medios
de poder
físico en el marco de
protestas callejeras y en el interior de
establecimientos
penitenciarios.
3. Derecho a la libertad
individual y a la seguridad personal
Una violación grave y
abundante del derecho a la libertad y seguridad
personal, que afecta además
otros derechos fundamentales, fue la
constituida por las
desapariciones forzadas. Para efectos de este Informe,
la Oficina sólo considera
desapariciones forzadas los hechos en los cuales
figuran como autores las
personas a que se refieren los instrumentos
internacionales sobre la
materia, es decir, los funcionarios públicos o
particulares que obran con
el apoyo, aquiescencia o tolerancia de agentes
del Estado . La anterior
advertencia resulta necesaria, ya que en la
legislación colombiana
puede endilgarse la responsabilidad de una
desaparición forzada
incluso a personas particulares que obren sin el
apoyo, la autorización o el
asentimiento del Estado.
La Oficina pudo observar
que durante el período al cual se refiere el
presente informe la
desaparición forzada siguió siendo una práctica
reiterativa de los grupos
paramilitares, empleada con finalidades
punitivas e intimidatorias.
Las estadísticas sobre las víctimas de este
delito continúan siendo
imprecisas, ya que se comete, generalmente, dentro
de un contexto de violencia
generalizada contra la población civil, como
resultado criminoso de
actuaciones en cuyo desarrollo proliferan también
ejecuciones
extrajudiciales, secuestros y éxodos masivos. Tales
circunstancias dificultan
comprobar, en muchas ocasiones, la presencia
inequívoca de los elementos del crimen. En las zonas rurales que
sufren
incursiones de grupos
paramilitares se dio, una y otra vez, el caso de
personas a quienes nunca
volvió a verse después de ser sacadas de sus
hogares o de sus sitios de
trabajo por hombres armados que se las llevaron
consigo tras acusarlas de
connivencia con la guerrilla. En otras
ocasiones, los cadáveres de
quienes habían sido privados de la libertad
bajo la misma acusación
pudieron localizarse tiempo después, lo cual
permitió establecer que
tras su aprehensión fueron víctimas de tortura y
ejecución extrajudicial.
Según los datos
suministrados por la Defensoría del Pueblo de Antioquia,
sólo en los primeros seis
meses del año 2000 se contaron 520 casos de
desaparición forzada en ese
departamento, superando la totalidad de los
casos registrados en esa
región durante el año 1999.
Si bien la autoría de la
mayor parte de las desapariciones forzadas
puestas en conocimiento de la Oficina se atribuyó por los
quejosos a
integrantes de
organizaciones de carácter paramilitar, también hubo
algunos casos en que como
presuntos responsables figuraban miembros de la
fuerza pública.
La más frecuente y reiterada violación del derecho a la libertad
individual se materializó
en aprehensiones realizadas por servidores
públicos que carecían de
competencia para ello, procedían sin motivo legal
o actuaban con fundamento
en normas cuya finalidad es abiertamente
incompatible con el respeto
los principios internacionales.
A lo largo del año 2000
continuaron presentándose las privaciones de
libertad ilegales o
arbitrarias, mediante las llamadas "capturas
momentáneas" o
"detenciones preventivas gubernativas". Estas facultades de
la policía permiten
aprehender hasta por 12 horas, sin mandamiento
judicial, a personas que se
hallan en sitios públicos o abiertos al
público. En la práctica,
las "redadas" o "batidas" desarrolladas por la
policía en sitios urbanos y
rurales se cumplen sin observar los criterios
jurisprudenciales . Estos
últimos buscan poner límites a las atribuciones
de autoridades
administrativas para privar de libertad a personas que ni
se hallan en flagrancia ni
están en la situación de los ciudadanos cuya
captura ha sido
públicamente requerida. Por lo demás, como se realizan al
margen de todo control
judicial de legalidad, las personas que a ella son
sometidas quedan expuestas
no sólo al riesgo de sufrir tratos crueles
inhumanos o degradantes, o
de afrontar la tortura, sino incluso en peligro
de convertirse en víctimas
de ejecuciones extrajudiciales.
En el año 2000 también siguieron presentándose detenciones
ilegales o
arbitrarias imputables a
los miembros de las fuerzas militares. Esas
detenciones se cumplieron
durante las operaciones de contrainsurgencia
adelantadas por el ejército
en puntos del territorio nacional donde actúan
grupos guerrilleros. En el
curso de tales operaciones se ha privado de
libertad a pobladores
civiles del lugar patrullado, bajo la imprecisa
sindicación de tener nexos
con los rebeldes. El 21 de octubre, en Yondó
(Antioquia), ocho
campesinos habrían sido aprehendidos por soldados del
Batallón 45, Héroes del
Majagual, que sólo 48 horas después fueron puestos
a disposición de la
fiscalía regional de Barrancabermeja.
Otras privaciones de
libertad por paramilitares, como la toma de rehenes o
secuestros, están
desarrolladas en el punto E de este capítulo.
4. Derecho a la libertad de
circulación
Durante el tiempo al cual
se contrae este informe la Oficina fue informada
de violaciones de tal
derecho por parte de las fuerzas militares y de los
grupos paramilitares. Es
indispensable dejar constancia, aunque escape el
marco de este acápite, de
que la posibilidad de movilización de personas y
bienes en varias e
importantes regiones del país se ha vuelto precaria y
riesgosa, principalmente en
razón de la frecuencia, intensidad y duración
de las acciones
guerrilleras en las vías de comunicación terrestres (véase
el capítulo VI y el punto E
de este capítulo).
Las restricciones de
carácter militar a la libertad de circulación
afectaron, entre otros
ciudadanos, a los habitantes de algunos territorios
indígenas, como por ejemplo
en la Sierra Nevada de Santa Marta. Los
moradores de esos
territorios quedaron así sometidos a situaciones por
cuyo efecto se hizo
especialmente difícil el acceso a los bienes de
primera necesidad. Otro
caso fue el de la comunidad de paz de San José de
Apartadó (Antioquia) en el
cual, por orden del comandante de la zona, los
soldados exigieron el
nombre y la cédula de todas las personas que
entraban y salían de la
comunidad, advirtiendo que sólo se permitía el
ingreso de quienes eran
miembros de ella. Esta comunidad ha sido, además,
permanentemente
estigmatizada por las autoridades bajo la sindicación de
que sus integrantes tienen
nexos con la guerrilla.
En el caso de los
paramilitares, las violaciones del derecho a la libertad
circulatoria estuvieron
asociadas con la instalación de ilegales puestos
fijos de control y
vigilancia en las regiones sometidas a su dominio
fáctico. El retén es
utilizado por el paramilitarismo no sólo para
controlar la identidad de
los transeúntes y restringir el comercio de
víveres y de gasolina, sino
que debe destacarse su fuerte incidencia sobre
la posterior perpetración
de ejecuciones extrajudiciales, desapariciones
forzadas, masacres y
desplazamientos forzados de población civil.
Durante el año 2000, se
informó a la Oficina sobre la existencia de
retenes paramilitares, en
particular, en Tibú (Norte de Santander), Valle
del Guamuez (Putumayo), en
Quibdó (Chocó), en los municipios antioqueños
de San José de Apartadó,
Urrao, Frontino y Uramita, y en Bahía Solano,
Tumaradó (Chocó). En este
último caso se afectó a los retornados del
Cacarica. Tales retenes se
instalaron, muchas veces, en puntos geográficos
que pertenecen a zonas del
territorio donde es visible una fuerte
presencia de las fuerzas
militares.
En Medellín siguió
aplicándose el Decreto municipal 326 que otorga a la
policía facultades para
disolver y reprimir cualquier circulación masiva
de personas. Esta
disposición no sólo es violatoria de la libertad de
circulación sino que además
afecta las libertades de expresión y de
reunión y no se adecua a
las exigencias internacionales en materia de
normas de excepción.
De la más grave de las
violaciones del derecho a la libertad de
circulación, el
desplazamiento forzado, se tratará con detalle en la
sección 3 del capítulo VII.
5. Derecho al debido
proceso
La vigencia y plenitud del
derecho al debido proceso ha continuado siendo
precaria por causas
relacionadas con los altos índices de impunidad, en
particular en casos de
violaciones de derechos humanos e infracciones al
derecho internacional
humanitario. Sin embargo, esta problemática se halla
vinculada a diversos
factores, varios de ellos estructurales, de la
administración de justicia,
así como también al debilitamiento de las
instituciones judiciales y
de control, y a su limitada capacidad de acción
o, inclusive, ausencia en
varias regiones del país.
A pesar de la entrada en
vigencia del nuevo Código Penal Militar, en
agosto de 2000, continuaron
las violaciones del derecho a ser juzgado por
un tribunal competente,
independiente e imparcial, mediante el
conocimiento de casos de
violaciones graves de los derechos humanos y del
derecho internacional
humanitario por los tribunales castrenses . El caso
paradigmático ha estado
representado por el proceso por la desaparición de
Nidia Erika Bautista, en
agosto de 1987, hecho por el cual, en 1993, el
Estado colombiano fue
encontrado responsable por el Comité de Derechos
Humanos del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos.
La
Oficina recibió denuncias
por varias irregularidades en la sustanciación
del proceso, incluyendo
violaciones a las garantías procesales de la
defensa y al deber de impartir
justicia en un plazo razonable. A
principios de 2000, el caso
continuaba bajo investigación de la justicia
penal militar. Finalmente,
el Consejo Superior de la Judicatura, luego de
un pronunciamiento de la
Corte constitucional, resolvió, el 21 de julio,
asignar la competencia a la
justicia ordinaria. El caso se tramita desde
entonces ante la Unidad de
Derechos Humanos de la Fiscalía.
En casos de graves
violaciones de derechos humanos e infracciones al
derecho internacional
humanitario, la Fiscalía se declaró incompetente a
favor de la justicia penal
militar. Así sucedió en los casos relacionados
con la masacre de Santo
Domingo y con las privaciones arbitrarias de la
vida en Pueblo Rico. El
primer hecho sucedió en diciembre de 1998, en el
Departamento de Arauca, a
raíz del cual se inició investigación de la
denuncia por la muerte de
unas 20 personas, incluyendo 6 niños, por un
ataque aéreo de la Fuerza
Aérea Colombiana sobre la población civil de esa
localidad. La Unidad de
Derechos Humanos de la Fiscalía, que llevaba el
caso, trasladó el proceso a
la justicia penal militar el 30 de mayo del
2000. El segundo caso,
sucedido el 15 de agosto de 2000, en Pueblo Rico,
Antioquia, se refiere a la
muerte de seis niños por miembros del ejército.
El proceso iniciado por la
Fiscalía regional de Medellín fue enviado a la
justicia penal militar por
la propia Fiscalía, a finales de agosto de ese
mismo año, aunque ya había
entrado en vigencia el nuevo Código Penal
Militar.
También se han registrado
hechos violatorios de la presunción de
inocencia, en particular
por aplicación abusiva de la detención
preventiva. La Corte
Constitucional examinó la violación del debido
proceso por la falta de una
adecuada motivación de las resoluciones de
autoridades judiciales y
estableció que era inadmisible, frente a la
presunción de inocencia,
considerar anticipadamente como una delicuente
condenada a la sindicada en
etapa de investigación. La Corte agregó,
además, que las
consideraciones hechas por la Fiscalía eran producto de
prejuicios y prevenciones
infortunadas contra los delincuentes y
sindicados .
Otras violaciones se han
producido por la omisión o dilación injustificada
de los funcionarios
judiciales en actuaciones de las cuales dependía el
ejercicio del derecho
fundamental al debido proceso o a la libertad
personal. La Corte
Constitucional se pronunció al respecto en una
sentencia de tutela en la
cual el fiscal había resuelto un mes más tarde
una petición de libertad
provisional, cuando el término máximo es de tres
días. Ante dicha omisión
procedía la acción de habeas corpus que fue
denegada . Esto último se
relaciona con las incompatibilidades destacadas
por la Oficina en el
informe anterior en cuanto a la regulación de este
recurso, el cual ante
detenciones decretadas por autoridad judicial la
acción debe presentarse
ante el mismo juez y sin las características
propias de un recurso de
habeas corpus.
En cuanto al derecho de
defensa, el solo hecho de comprobar que más de la
mitad de la población
carcelaria depende de la defensa pública, cuyas
serias limitaciones se
desarrollan en le capítulo VI, dimensiona
particularmente las
denuncias recibidas de personas privadas de libertad
que señalaron la carencia o
deficiencia de la defensa técnica.
B.
Derechos económicos, sociales y culturales
B. Derechos económicos, sociales y culturales
Los derechos económicos,
sociales y culturales se vieron, en general,
afectados por la crisis económica, las políticas de ajuste
fiscal, la
violencia que vive el país
y la problemática del desplazamiento. Los
desplazados han sido la
principal población afectada en relación con estos
derechos, pues las
condiciones de vida de estas personas son
extremadamente precarias y
están lejos de la satisfacción de necesidades
básicas en materia de
alimentación, vivienda, educación, salud, entre
otras.
Dado el incremento de la
violencia ejercida contra el movimiento sindical
este período, la Oficina ha
dado nuevamente prioridad al seguimiento del
derecho al trabajo.
Asimismo privilegió el seguimiento de violaciones a
los derechos económicos,
sociales y culturales de personas altamente
vulnerables, tales como los
desplazados, los indígenas y los
afrocolombianos. Para el
seguimiento general de estos derechos se ha
mantenido, una vez más, la
coordinación con los distintos organismos
especializados del sistema
de las Naciones Unidas.
La situación económica del
país ha estado marcada por la recesión del año
1999 y apenas se comienza a
vislumbrar un leve despunte. Cabe señalar que
el ingreso económico de los
colombianos es cada vez menor. Según
estimaciones oficiales, al
cierre del año, el ingreso anual per cápita
caería a 2.043,80 dólares
americanos, cien dólares menos que hace 6 años.
El Estado no ha logrado
acortar la brecha de inequidad y el índice de
desarrollo humano ha disminuido en once puntos respecto al año
anterior,
ubicándose en el puesto 68
entre 174 países. Departamentos como Cauca,
Chocó, Nariño y Sucre
tienen un PIB per cápita más de cuatro veces menor
que el PIB de Bogotá, lo
que demuestra que la desigualdad departamental en
estas áreas continúa siendo
muy fuerte en el país y que los esfuerzos para
mejorar la situación han
sido insuficientes. La alta desigualdad en la
distribución de ingresos entre
las personas en Colombia reduce de manera
importante el porcentaje
global de desarrollo humano.
Asimismo, un estudio
divulgado por Planeación Nacional revela que la
pobreza aumentó en más del
14% entre 1997 y 1999. Los afectados por la
pobreza, que en 1997
ascendían a 19, 7 millones de personas, llegaron en
1999 a 22,7 millones de
personas sobre una población estimada en 36
millones. En el mismo
período el número de indigentes aumentó en 831.000
personas. Durante el ano
2000 esta tendencia continuó.
1. Derecho al trabajo y
libertades sindicales
Según el Departamento
Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE), al
cierre del tercer trimestre
del año la tasa de desocupación alcanzó la
cifra récord de 20,5%. El
número de desempleados en las siete principales
ciudades del país fue de
1.552.000 personas. Las mujeres son las más
afectadas, ya que su tasa
de desempleo es de 24,2% contra el 17,2% entre
los hombres.
Además del elevado índice
de desempleo, uno de los más altos de América
Latina, el ejercicio del
derecho al trabajo viene siendo afectado por
causas estructurales y
económicas, a las cuales se agrega un constante y
creciente clima de
violencia contra el movimiento sindical (véase el
capítulo VI.7).
2. Derecho a la educación
El derecho a la educación
se vulnera particularmente en la medida que el
magisterio está sometido a
la violencia ejercida contra los profesores.
Estos se cuentan entre los
trabajadores más frecuentemente afectados por
muertes, amenazas y
desplazamientos por causa de la violencia. Además han
debido afrontar importantes
retrasos en sus pagos, así como recortes
presupuestarios debido a la
aplicación de las políticas de ajuste fiscal.
Recientes estudios de
Misión social-PNUD señalan que en los últimos dos
años el progreso educativo
se ha resentido y el índice disminuido, tanto
para el país como para 17 de sus 25 departamentos. Colombia
tiene una de
las más bajas tasas de
alfabetización de adultos entre el conjunto de
países con mayor desarrollo
humano de la región. La disparidad regional
entre departamentos es
alarmante, siendo los departamentos de Chocó y
Córdoba, que además cuentan
con un gran número de población indígena y
afrocolombiana, los más
afectados en esta materia. La tasa de matrícula
combinada para todo el país
disminuyó, puesto que muchos hogares no pueden
seguir enviando a sus hijos
a las instituciones educativas, por falta de
ingresos o porque los
jóvenes se retiran a buscar empleo. Las mujeres se
retiran del sistema escolar
en mayor medida que los hombres. A esta
situación se suma que el
Estado no ha proveído cupos suficientes en las
escuelas públicas, dejando
fuera del sistema educativo a un gran número de
niños en edad escolar. Los
más afectados han sido los menores de familias
de escasos recursos.
La falta de atención del
Gobierno en materia de educación ha afectado
especialmente a la
población desplazada. Uno de los casos que ha conocido
la Oficina en ese sentido
fue el relativo a la ausencia de docentes para
la población retornada de
la Cuenca del río Cacarica, a pesar del
compromiso suscrito por el
Gobierno con esa comunidad a finales de 1999.
Por otra parte, la Oficina
no ha registrado avances significativos en la
enseñanza de los derechos
humanos en todos los niveles educativos. El Plan
Nacional de acción para la
educación en la esfera de los derechos humanos,
propuesto por la Alta
Comisionada en el marco del Decenio de las Naciones
Unidas para la Educación
1995-2004, aún no ha sido elaborado. De otro
lado, la Oficina ha
conocido actividades aisladas de capacitación en
derechos humanos realizadas
por parte de diferentes instituciones
gubernamentales. No
obstante, aquellas no han correspondido a una
estrategia integral de
educación y han puesto en evidencia el alto grado
de desconocimiento en esta
materia.
3. Otros derechos
La Oficina continúa
observando la insuficiente atención en lo atinente a
salud y educación, así como la falta de apoyo a los proyectos
productivos
para las comunidades
indígenas y afrocolombianas en Colombia. En cuanto a
la protección de derechos
ambientales, es especialmente preocupante la
escasez de controles para
evitar la deforestación indiscriminada en los
lugares habitados por las
comunidades indígenas y negras, así como los
efectos de las fumigaciones
de cultivos ilícitos sobre aquellas. En este
sentido, la Oficina recibió
denuncias de las comunidades indígenas de la
Sierra Nevada de Santa
Marta y del Putumayo, así como de las comunidades
afrocolombianas del
departamento del Chocó.
En cuanto al seguimiento
del derecho a la salud, cabe destacar la
preocupante situación de
violencia ejercida contra los trabajadores del
ramo, en especial contra
ANTHOC (Sindicato Nacional de Trabajadores de
Salud en Colombia) y los
numerosos ataques contra la misión médica, como
se verá en el capítulo VI.
El 17 de mayo de 2000 resultó muerta la
Presidenta de ANTHOC,
Seccional Cartago (Valle del Cauca), Carmen Emilia
Rivas. El hecho sucedió en
la puerta del servicio de urgencias del
Hospital Sagrado Corazón de
Jesús de Cartago.
Si bien se han obtenido logros en materia de aseguramiento a
partir de la
puesta en marcha de la Ley
100 (1993), que regula y reforma el sistema de
salud, la cobertura aun no
es universal y en cuanto al acceso a la
atención de los enfermos se
favorece a la población de mayores ingresos.
De acuerdo con un informe
de indicadores de cobertura de la
Superintendencia de
Servicios de Salud, seis millones de personas, que
forman parte de la
población más pobre de Colombia, no están cubiertas por
el régimen subsidiado de
salud. También se notan diferencias
significativas entre
municipios, departamentos y regiones. Tal y como lo
muestra otro estudio de la
Defensoría del Pueblo, es manifiesto el
desconocimiento que los
afiliados tienen de sus derechos, lo cual facilita
la violación de los mismos.
C.
Derechos del niño y de la mujer
C. Derechos del niño y la niña
Durante el período de
informe continuó profundizándose el deterioro
creciente de los derechos
del niño y la niña. La población infantil
colombiana padece con mayor
rigor las consecuencias del conflicto armado
interno. La Oficina ha
podido comprobar el elevado número de víctimas,
entre las que se destacan algunas niñas violadas por los
combatientes.
Constata a su vez el alto
índice de secuestros, efectuados en su mayoría
por los grupos insurgentes,
convirtiendo así a los menores en objeto de un
cruel comercio. Fuera del
ámbito del conflicto, debe destacarse los
numerosos crímenes
dirigidos contra los menores, y preocupa a la Oficina
las crecientes denuncias
sobre violencia intrafamiliar y abuso sexual.
Las estadísticas de la
Defensoría del Pueblo, el ICBF, el Ejército
Nacional, la Fundación País
Libre y el UNICEF coinciden en estimar
alrededor de un millón de
niños viviendo en las calles, 6.000 involucrados
en los grupos armados
(paramilitares o guerrilleros) y 600 muertos por la
violencia. Según el Gaula,
más de 267 menores fueron secuestrados de enero
a noviembre. Según un
estimado, en Colombia, 12 niños mueren violentamente
cada 24 horas.
Todas estas prácticas
provocan secuelas irreversibles en el desarrollo
evolutivo de las víctimas,
que se acentúan cuando se trata de miembros de
grupos étnicos, de sectores
rurales, o cuando sufren el desplazamiento.
CODHES reportó que, entre
enero y junio, el 54,34% de los desplazados
fueron menores. La Oficina
ha podido comprobar cómo en su gran mayoría
éstos presentan graves
carencias en cuanto al goce de sus derechos a la
salud, alimentación, la
educación, la vivienda, la identidad y otros. La
Oficina ha vuelto a
observar cómo las prácticas de "limpieza social"
efectuadas por la fuerza
pública afectan a los menores. Muestra de ello
fue el caso anteriormente
aludido en el capítulo IV.A.1.
Finalmente, cabe señalar que
persiste la falta de atención integral a los
niños desvinculados del
conflicto tras haber participado en las
hostilidades. Existe un
tratamiento discriminatorio entre los menores que
se entregan voluntariamente
y los que son capturados; los primeros pueden
acceder a la protección del
Estado, mientras que los segundos reciben un
trato penal punitivo.
La Oficina observa con
preocupación la vulneración de la normativa
nacional e internacional
respecto a los menores infractores, quienes son
detenidos por la Policía
Nacional y remitidos a las dependencias de ésta,
compartiendo el calabozo
con los adultos detenidos. Permanecen allí sin
ser puestos inmediatamente
a disposición de la autoridad competente. Esta
situación se agrava con las
disposiciones del Código del Menor que no
distinguen entre los tipos
de conducta y permiten la privación de la
libertad de jóvenes que
carecen de recursos económicos, desvinculados, o
los que no tienen familia, criminalizando la pobreza y el
abandono, y
vulnerando así los derechos
de los niños y niñas.
D. Derechos de la mujer
Según el Informe de
Desarrollo Humano para Colombia de 2000, las mujeres,
que representan el 51% de
la población, soportan una parte
significativamente mayor de
los efectos de la violencia. Con respecto a
ellas persisten la
desigualdad que se traduce en discriminación, la
exclusión social, la falta
de poder y la crónica desventaja social ante
casi todas las situaciones
en las que están involucradas.
El mismo informe señala que
la discriminación hacia las mujeres se
manifiesta en la violencia
intrafamiliar de la que son las principales
víctimas, en la negación de sus derechos reproductivos, en la
agresión
sexual que se ejerce sobre
muchas de ellas y en el tráfico de mujeres. En
el tráfico mundial de
mujeres, Colombia ocupa uno de los principales
lugares. Se calcula que,
aproximadamente, entre 60% y 70% de mujeres ha
sufrido en carne propia
alguna modalidad de violencia (maltrato físico,
psíquico, sexual o
político). No obstante, menos de la mitad de mujeres
violentadas busca ayuda y
apenas el 9% denuncia la agresión
En la esfera laboral,
aunque ha mejorado sustancialmente su participación,
existe todavía una marcada
desventaja en la remuneración por igual trabajo
y en el acceso al poder
político. La mujeres perciben en promedio un 30%
menos de salario que los
hombres en los centros urbanos. Las mujeres,
según el VI Informe del
Defensor del Pueblo, representan el 54% de la
población pobre y el 25% de
los hogares tienen por jefe una mujer. Además,
se ubican en los frentes
más tradicionales del aparato productivo y
constituyen cerca del 60%
del sector informal de la economía, lo que
representa extensas
jornadas de trabajo, inestabilidad laboral y exclusión
del sistema de seguridad
social. Las mujeres, además, continúan ubicadas
en los niveles medios y
bajos de las categorías ocupacionales.
La poca credibilidad que
entre las mujeres tiene el sistema judicial las
lleva a acudir a otras
instituciones como alternativa para la protección
de sus derechos. Según el
informe de Misión Social-PNUD, de una muestra de
38 denunciantes de tutela,
25 habían acudido anteriormente a otros
mecanismos institucionales.
En litigios de naturaleza laboral, se observó
un mayor número de mujeres
demandantes con sentencia definitiva
desfavorable y,
recíprocamente, un número mayor de demandantes hombres con
sentencia definitiva
favorable.
Por efecto del conflicto
armado, las mujeres son quienes sufren los
mayores rigores del
desplazamiento al asumir necesariamente la jefatura
del hogar y la
responsabilidad por su sustento. Se reportaron casos de
violencia sexual contra las
mujeres ejercida por actores armados. En
febrero de 2000, durante la
incursión paramilitar en El Salado, varias
mujeres fueron ultrajadas,
entre ellas una joven fue violada por numerosos
paramilitares.
E. Principales infracciones
al derecho internacional humanitario
E. Principales infracciones al derecho internacional humanitario
1. Homicidios y amenazas
El homicidio de personas
acusadas de colaborar con el bando adverso siguió
siendo una práctica común
de la guerrilla y de los paramilitares. Cruzar
el límite territorial entre
zonas controladas por la guerrilla o los
paramilitares se convirtió
en un ejercicio altamente peligroso. Así,
habitantes de la llamada
"zona de despeje", controlada por las FARC,
fueron muertos al viajar a
municipios aledaños en los que hacen presencia
los grupos paramilitares.
En el departamento del Putumayo, pobladores que
desde el área rural se
dirigían a Puerto Asís fueron víctimas de los
paramilitares, mientras que
habitantes del casco urbano que se dirigían a
la zona rural fueron
muertos por la guerrilla.
Entre las víctimas de la
guerrilla y de los grupos paramilitares hay que
señalar un número
importante de candidatos a funciones públicas y de
mandatarios en ejercicio,
de líderes indígenas y de líderes campesinos.
Varios de ellos fueron
víctimas por haber adoptado posiciones autónomas
respecto a los actores
armados. En algunos casos de homicidios cometidos
por la guerrilla, las
víctimas perecieron por haber recibido dinero del
Gobierno. Así, en el
departamento del Caquetá, dos líderes indígenas
murieron por acción de las
FARC, en el mes de octubre, por el solo hecho
de haber recibido recursos del proyecto "Empresa
Colombia" del Gobierno.
El 9 de febrero, las FARC
dieron muerte a tres indígenas Puinave, de la
comunidad Paujil Limonar,
acusándolos de haber alertado al ejército acerca
de un probable ataque de la
guerrilla a Puerto Inírida (Guainía). El 29 de
diciembre, un grupo de
hombres armados dio muerte al congresista Diego
Turbay, presidente de la
comisión de paz de la Cámara de Representantes, a
su madre Inés Cote de Turbay
y a sus cinco acompañantes, cuando se
dirigían a la población de
Pueblo Rico (Caquetá), ubicada en los límites
con la "zona de
distensión". La autoría del hecho se atribuyó por las
autoridades a un frente de
las FARC. Hasta la fecha en que se elaboró este
informe, las FARC no habían
impugnado esas acusaciones. En sus incursiones
armadas, los paramilitares
de las AUC seleccionaron a pobladores para
luego darles muerte bajo la
genérica acusación de ser auxiliadores de la
guerrilla, a menudo sin
permitir que los familiares recuperasen los
cuerpos.
Los grupos paramilitares
siguen siendo los principales responsables de
homicidios colectivos. El
Ministerio de Defensa reporta que estos grupos
son autores de 75 masacres
, que representan el 76% de las masacres
cometidas de enero a
octubre. La práctica de los homicidios colectivos de
civiles indefensos
constituye su principal modalidad de acción y
estrategia de guerra.
En el marco de la constante
degradación del conflicto armado, las
guerrillas de las FARC y
del ELN recurrieron con frecuencia a los
homicidios colectivos o
masacres. Según cifras del Ministerio de Defensa,
en el período comprendido
entre enero y octubre de 2000, del total de 671
víctimas de masacres, a la
guerrilla corresponden 164 de ellas. Debe
señalarse, en este tema, el
caso de la masacre del 8 de octubre en Ortega
(Cauca), en el que las FARC
dieron muerte a diez campesinos, así como la
masacre de ocho personas en
poder del frente 14 de las FARC, en el
Caquetá, durante el mes de
agosto.
Al culminar ataques de las
guerrillas a puestos policiales o a
guarniciones militares,
aquellas dieron muerte a miembros de la fuerza
pública que habían depuesto
las armas o que estaban heridos. En Dabeiba,
el 18 de octubre, según el
reporte oficial, las FARC dieron muerte a 5
soldados y al piloto de un
helicóptero Black Hawk abatido, quienes estaban
heridos.
Los grupos armados
continuaron profiriendo amenazas de muerte contra
personas civiles para
provocar su desplazamiento y reforzar su control
sobre la población. Por
ejemplo, el 12 de diciembre, mediante un
comunicado a la opinión
pública, las Autodefensas Campesinas del Magdalena
Medio pidieron a los
habitantes de varios municipios de la autopista
Medellín-Bogotá que
desalojaran sus viviendas en un plazo de 48 horas,
bajo la amenaza de que
quien incumpliera "la orden" sufriría una "acción
drástica". Las
amenazas fueron también utilizadas como medio de presión
para obtener el pago de
"cuotas" a los diferentes grupos armados.
2. Ataques contra la
población civil y ataques indiscriminados
En las acciones armadas de
los diferentes grupos, la población ha sido a
menudo el blanco principal
o víctima incidental por el carácter
indiscriminado de los
ataques. Los grupos paramilitares han dirigido sus
ataques específicamente
contra la población civil, a través de los
homicidios colectivos. La
guerrilla ha tomado acción retaliatoria contra
pobladores por haberse
resistido a sus acciones.
El 3 de noviembre, miembros
de las AUC realizaron una incursión en el
casco urbano de Granada
(Antioquia), durante la cual dieron muerte a 19
civiles indefensos.
En sus ataques a puestos
policiales y guarniciones militares, la guerrilla
generalmente desconoce los
principios de distinción y proporcionalidad,
causando numerosas víctimas
entre la población civil. Así, armas difíciles
de dirigir, como los
cilindros de gas, han caído en casas, provocando la
muerte de personas civiles.
Durante la incursión armada a Puerto Saldaña
(Tolima), iniciada el 28 de
abril, las FARC causaron la muerte de 24
civiles, la destrucción
total de 107 viviendas, y la destrucción parcial
de 145 viviendas más. El 12
de julio, durante un ataque de las FARC a
Colombia (Huila), un
cilindro de gas cayó en una vivienda, provocando la
muerte de una mujer y la de
sus tres hijos. El 5 y 6 de diciembre, varios
frentes de la FARC atacaron
el puesto de policía ubicado en el centro de
este mismo municipio,
haciendo estallar un potente carro bomba y lanzando
varias decenas de pipetas
de gas. Murieron 16 civiles (entre ellos seis
niños) y cinco policías.
En otras ocasiones, el
blanco directo de los ataques ha sido precisamente
la población civil, como en
el caso de la masacre de Ortega (Cauca)
anteriormente referido en
este capítulo. El 7 de mayo, en el municipio de
Gigante (Huila), las FARC
hicieron explotar un bus de servicio público.
Como resultado de este
hecho murieron seis personas y siete más resultaron
heridas.
Durante la toma de rehenes
del kilómetro 18 de la vía Cali-Buenaventura
(Valle), el ELN puso en
serio peligro a varios de ellos al utilizarlos
como escudos humanos y
vestirlos con uniformes camuflados, infringiendo
las normas del derecho
internacional humanitario que obligan a los
combatientes a distinguirse
de la población civil.
En cuanto a la fuerza
pública, cabe destacar el caso de Pueblo Rico
(Antioquia), del 15 de
agosto, en el que una patrulla militar disparó
contra un grupo de niños,
resultando muertos seis de ellos (véanse los
capítulos V.1 y VII.4).
3. Actos de terrorismo
A lo largo del año aumentó
el recurso a la práctica del terrorismo por
parte de los diferentes
grupos guerrilleros, los cuales hicieron estallar
explosivos en centros
urbanos, causando numerosas víctimas entre la
población civil. Uno de los
casos que ilustra esta práctica es, sin duda,
la ciudad de Cali (Valle)
que durante el presente año ha sido afectada por
numerosas explosiones. La
detonación de cargas explosivas ha causado no
solamente destrucción y
pánico, sino también heridas a varias personas y
por lo menos la muerte de
un transeúnte que fue sorprendido por la
explosión de un carro
bomba, hecho registrado en el Barrio La Floresta el
5 de noviembre. Estos atentados
han sido atribuidos al ELN, grupo al que
también se responsabiliza
por la detonación, el 27 de julio, de tres
artefactos explosivos en el
centro de la ciudad de Barrancabermeja
(Santander), afectando
varios establecimientos comerciales. El 4 de
septiembre, el ELN realizó
otro atentado con explosivos contra las
instalaciones de la
Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales (DIAN),
ocasionando heridas a siete
personas y produciendo daños considerables en
por lo menos 60 establecimientos cercanos. En similares
condiciones, el 4
de febrero las FARC
provocaron la muerte de dos civiles y heridas a otros
10, entre ellos un menor de
edad, en una explosión que tuvo lugar en el
casco urbano de Puerto Asís
(Putumayo).
4. Tortura y malos tratos
Las personas víctimas de
homicidios por parte de los paramilitares fueron
a menudo torturadas,
violadas, o mutiladas antes de su muerte.
Particularmente cruel e
inhumano fue el trato aplicado a las víctimas de
la masacre de El Salado
(Bolívar), cometida por las AUC en el mes de
febrero. Según los
testimonios recogidos, los paramilitares reunieron a la
gente en una cancha
deportiva y allí torturaron a sus víctimas antes de
darles muerte. Según las
necropsias, los muertos presentaban mutilaciones,
heridas de armas
corto-punzantes y destrucción del cráneo. Entre los
masacrados figuraba una
niña de seis años, quien había sido atada a un
palo con el rostro cubierto
con una bolsa plástica hasta que murió.
También la guerrilla ha
recurrido a la tortura antes de dar muerte a
desertores o a supuestos
auxiliadores de los grupos paramilitares. Así, en
mayo, en el municipio de
Mapiripán (Meta), un comandante de las FARC dio
muerte a un guerrillero
indígena Guahibo, quien iba a desertar con dos
fusiles. Este fue atado a
un palo y torturado con una navaja, mientras le
decían que así se castigaba a los traidores a la revolución. El
ejército
denunció a la Oficina
varios casos en los cuales la guerrilla mutiló a
miembros de la fuerza
pública antes de darles muerte.
5. Toma de rehenes
Los secuestros perpetrados
por los actores del conflicto armado son
definidos, en el marco del
derecho internacional humanitario, como "toma
de rehenes". Los
diferentes grupos de guerrilla siguieron tomando rehenes
de forma masiva y
sistemática para financiar sus actividades. Procedieron
generalmente de manera
directa, aunque en varias oportunidades se aliaron
con bandas criminales que
se encargaron de la planificación y de la
ejecución del delito, para
luego remitirles los rehenes a cambio de sumas
de dinero previamente
acordadas.
La toma de rehenes afectó a
todos los sectores sociales, y figuran entre
las víctimas campesinos,
alcaldes, extranjeros, periodistas, trabajadores
humanitarios y funcionarios
judiciales. El 25 de julio, un grupo
denominado Ejercito
Revolucionario Guevarista (ERG) tomó como rehén al
médico francés Ignacio
Torquemada de Médicos Sin Fronteras, quien al
momento de la redacción de
este informe aún no había sido liberado.
Algunos mandatarios
locales, como el alcalde de Puerto Rico (Caquetá),
fueron víctimas de esta
práctica por parte de las FARC, las cuales
intentaron justificarse
afirmando que estaban aplicando una "ley
anticorrupción" (llamada "Ley 003"), promulgada
por este grupo.
Según estadísticas del
Ministerio de Defensa, durante el período
comprendido entre enero y
octubre de 2000, las tomas de rehenes por parte
de la guerrilla llegaron a
1.394 casos, y por parte de los paramilitares a
203. Por su parte, la
Fundación País Libre señala que, entre enero y
septiembre de 2000, 1.508
personas fueron objeto de esta práctica por
parte de los diferentes
grupos guerrilleros, lo que representa el 61% de
todas las tomas de rehenes
ocurridas en Colombia. Según estos datos, los
grupos paramilitares
tomaron como rehenes a 167 personas durante el mismo
período.
Los menores de edad
estuvieron entre las principales víctimas de esta
práctica. Las FARC tomaron
como rehenes a los niños Andrés Felipe Navas
Suárez de 3 años y Clara
Olivia Pantoja de 5 años, quienes fueron llevados
a la "zona de
despeje" después de ser secuestrados en la ciudad de Bogotá.
El 1º de marzo el ELN tomó
como rehenes a cuatro estudiantes, tres de
ellos menores de edad, en
un barrio del sur de Cali.
Este año, el ELN recurrió
nuevamente a la toma de rehenes colectiva, como
en el caso de la toma de
por lo menos 60 personas en el kilómetro 18 de la
vía Cali - Buenaventura
(Valle). Además, varias personas que habían sido
víctimas de las tomas de
rehenes del ELN en el 1999 siguieron privadas de
su libertad en el
transcurso del año 2000, como algunos de los pasajeros
del avión de Avianca,
quienes permanecieron en cautiverio durante más de
un año.
La larga duración del
período de privación de la libertad y los rigores
extremos del cautiverio
agravaron la situación de muchos rehenes, tanto en
su salud física como
sicológica. Según los datos de la Fundación País
Libre, 165 rehenes murieron
en cautiverio. Entre ellos figuran tres de los
rehenes del ELN del
kilómetro 18 de la vía entre Cali y Buenaventura
(Valle).
Los grupos paramilitares,
en particular las AUC, también realizaron tomas
de rehenes, algunas con el
fin de ejercer presiones políticas, como fue el
caso ocurrido en el mes de
noviembre cuando tomaron a siete miembros del
Congreso. <
Niños víctimas del
conflicto armado y del reclutamiento; desplazamiento
forzado
Principales infracciones al DIH (2)
6. Niños víctimas del
conflicto armado y del reclutamiento:
Los niños siguieron
figurando entre las principales víctimas del conflicto
armado, en particular de
las minas antipersonales de fabricación artesanal
colocadas por la guerrilla.
El 10 de julio, en San Carlos (Antioquia),
cinco niños encontraron un
artefacto explosivo aparentemente abandonado
por las FARC, y procedieron
a manipularlo, produciéndose una detonación
que causó la muerte de tres
de ellos y heridas de gravedad en los
restantes.
La Oficina recibió testimonios
acerca de niñas víctimas de abusos sexuales
al interior de la
guerrilla, generalmente por parte de comandantes de
mando medio. Recibió
también numerosas quejas indicando que los diferentes
grupos de guerrilla
siguieron incorporando a menores de 15 años en sus
filas. Las FARC
persistieron en esta práctica, aun contraviniendo sus
reglas internas, y aunque
este grupo devolvió algunos niños a sus familias
en la "zona del
despeje". Aumentaron los casos de niños que abandonaron
las filas de la guerrilla
con grave riesgo para sus vidas, dado que la
pena para los
"desertores" es el fusilamiento y que ésta se aplica
independientemente de la
edad. Cabe destacar que la participación de niños
en las filas de las
guerrillas es importante.
Los grupos paramilitares
también recurrieron al reclutamiento forzoso.
Así, las Autodefensas
Unidas del Sur del Casanare difundieron, en el mes
de mayo, unos panfletos en
la zona rural de Monterrey (Casanare) llamando
a la juventud de la región
a cumplir un "servicio militar obligatorio". En
el mes de octubre los
paramilitares se llevaron por la fuerza a varios
jóvenes en Puerto Gaitán
(Meta) para darles entrenamiento militar.
7. Desplazamiento forzado
El desplazamiento forzado
de civiles siguió constituyendo una de las
infracciones más comunes al
derecho internacional humanitario cometidas
por los diferentes grupos
armados ilegales, tanto en su forma masiva como
individual. Las amenazas
individuales fueron el método más fácil al que
recurrieron paramilitares y
guerrilleros para provocar el desplazamiento.
El éxodo masivo constituyó
una de las principales estrategias de guerra de
los grupos paramilitares a
través del terror causado en sus incursiones
armadas y en los homicidios
colectivos.
El tema del desplazamiento
será analizado más exhaustivamente en el
capítulo VI.
8. Atentados contra la
protección de la misión médica y ataques a unidades
y medios de transporte
sanitario
A lo largo del año se
produjeron numerosas graves infracciones a las
normas del derecho
internacional humanitario que protegen la misión
médica. En Urabá, las AUC
dieron muerte a una guerrillera herida que
estaba siendo transportada
en un vehículo del Comité Internacional de la
Cruz Roja. En el
departamento del Putumayo, un paramilitar herido fue
muerto por las FARC en
circunstancias similares. Eso determinó la decisión
del CICR de suspender
temporalmente la evacuación de heridos y enfermos.
Estos hechos infringen,
además, las normas humanitarias que exigen el
respeto de los heridos.
Graves atentados contra la
misión médica fueron los cometidos contra la
vida de funcionarios de
salud. El personal de salud afiliado al sindicato
ANTHOC fue objeto constante
de amenazas por parte de los grupos
paramilitares, especialmente
en los departamentos del Valle del Cauca y de
Norte de Santander (véase
el capítulo VI.7).
Se han presentado
igualmente situaciones en las que los actores armados
han asumido el control de
puestos de salud o de hospitales, impidiendo la
atención médica a un sector
de la población. Así, los paramilitares hacen
presencia en el hospital de
Puerto Asís (Putumayo), en ocasiones
realizando controles en la
entrada e impidiendo la atención médica de
habitantes de áreas rurales
bajo influencia de la guerrilla.
Durante el paro armado
decretado en septiembre por las FARC, en el
Putumayo, este grupo
guerrillero restringió el paso de las ambulancias.
Tres de ellas fueron
retenidas en la carretera Santiago (Putumayo) - Pasto
(Nariño). El abastecimiento
de medicinas en los hospitales fue seriamente
limitado en el marco de ese
paro. Trabajadores de salud del Guaviare han
sido objeto de malos
tratos, privación de la libertad y han visto sus
movimientos limitados por
las FARC, quienes los han acusado de ser
informantes de grupos
paramilitares. El 7 de enero de 2000, miembros del
ELN colocaron dos
artefactos explosivos en la entrada del hospital en la
inspección La Esmeralda de
Arauquita (Arauca), quedando la población
privada de asistencia
médica ese día.
Se han registrado también
algunos casos en los que miembros de la fuerza
pública impidieron el paso
de ambulancias. Ejemplo de esto fue lo sucedido
el 8 de marzo en Cedeño
(Norte de Santander), cuando una brigada de salud,
que se dirigía hacia una
concentración indígena U'wa para prestar
asistencia médica a los
indígenas enfermos, fue retenida durante dos horas
por miembros de la Policía Nacional y del ejército, y luego
obligada a
devolverse.
9. Ataques a bienes civiles
Los ataques indiscriminados
de la guerrilla a poblaciones causaron
importantes daños a los
bienes de carácter civil, sobre todo destruyendo
numerosas viviendas, como
en los casos de Puerto Saldaña (Tolima) y
Granada (Antioquia), donde
decenas de edificaciones fueron destrozadas y
el de Alpujarra (Tolima),
población que fue atacada por sexta vez en 18
meses. Otros ejemplos lo
constituyen los casos de Colombia (Huila), el 12
de julio, Arboleda
(Caldas), el 29 de julio, San Alfonso (Huila), el 12 de
diciembre, Vigía del Fuerte
(Antioquia), el 25 de marzo, Bagadó y Carmen
de Atrato (Chocó), el 20 de
octubre y el 5 y 6 de mayo respectivamente.
Los diferentes grupos
armados recurrieron en ocasiones al bloqueo del
tránsito de alimentos hacia
diferentes zonas. El caso que ha tenido las
repercusiones de más grande
magnitud fue el "paro armado" decretado por
las FARC en el departamento
del Putumayo, a finales del mes de septiembre.
Durante este paro, que duró
2 meses, el grupo guerrillero prohibió todo
tipo de transporte al
interior del departamento, incluido el transporte de
víveres y medicinas,
causando un serio desabastecimiento y una emergencia
alimentaria. La población
civil fue la víctima principal de esta acción de
las FARC.
VI. Situaciones de especial
preocupación. Conflicto armado y negociaciones
de paz. Paramilitarismo.
VI. SITUACIONES DE ESPECIAL PREOCUPACIÓN
1. Evolución del conflicto
armado y negociaciones de paz
La grave situación del
respeto a los derechos humanos y al derecho
internacional humanitario
en Colombia se extiende más allá de los confines
del conflicto armado
interno. Sin embargo, el análisis de este informe no
puede abstenerse de
examinar la evolución de dicho conflicto, porque así
se contempla en el mandato
de la Oficina y el tema tiene efectos en la
plena vigencia y goce de
los derechos fundamentales en el país. La Oficina
siguió observando
sistemáticas infracciones al derecho internacional
humanitario por cuenta de
todos los bandos confrontados. El envilecimiento
continuo de los términos
del conflicto y su degeneración son muy
profundos, y los llamados a
los actores armados para que sujeten su
actuación a los mandatos
del derecho internacional humanitario y eviten
estragos a la población
civil y daños al medio ambiente son totalmente
desatendidos e incluso
rechazados. En este marco, se ha llegado al extremo
de que no sólo se irrespeta
a la población civil, sino que también se
desconocen las reglas
humanitarias mínimas para los propios combatientes
(véase el capítulo V.E).
Los paramilitares, que
apelan a reivindicarse como una fuerza
contrainsurgente, en la
práctica atacan casi exclusivamente poblaciones
civiles inermes, en
acciones de deliberada e inusitada crueldad, vasto
despliegue de efectivos
armados y con objetivos puramente punitivos. Un
análisis detallado se
encuentra más adelante.
Las acciones de las FARC se
han dirigido a acosar pequeñas localidades,
atacando los puestos de la
Policía Nacional con gran ventaja numérica y
poder de fuego y usando
cilindros de gas como proyectiles. La escasa
precisión de éstos y su
extenso poder destructivo son un factor constante
de muertes de civiles no
combatientes y de pérdidas materiales
considerables. La toma de
rehenes por las FARC y la exigencia de pagos por
las liberaciones han sido
reiteradas e impunes.
Los actos del ELN tampoco
han excluido a la población civil de los
sufrimientos directos del
conflicto. La práctica de la toma de rehenes
masiva, esgrimida
públicamente por este grupo, en particular como un
mecanismo de presión
política sobre el Gobierno para adelantar
negociaciones de paz, ha
sido denunciada por las familias de las víctimas
como un mecanismo
extorsivo. Así quedó demostrado este año luego de que
-tras 19 meses de
cautiverio- el ELN terminara de liberar a los últimos
rehenes tomados en abril de
1999, en el vuelo de Avianca que servía la
ruta de Bucaramanga a
Bogotá. También continuaron atentando contra las
líneas de transmisión
eléctrica, afectando la interconexión en todo el
país, así como contra los
oleoductos, provocando derrames de petróleo.
Todos los actores del
conflicto armado interno, incluida la fuerza
pública, han practicado y
recurrido a la restricción de circulación de
víveres y otros bienes como
mecanismo para debilitar a las fuerzas
contrincantes, siendo la
población civil la más afectada por estas
medidas.
En el período del presente
informe, el Gobierno retomó la iniciativa para
desarrollar diálogos de paz
con el ELN, buscando condiciones para realizar
la "Convención
Nacional" solicitada por este grupo. Varios gobiernos
extranjeros y diversos
líderes políticos y sociales del país han
acompañado activamente este
esfuerzo. Así se conformó un "Grupo de Amigos"
para impulsar el diálogo de
paz entre el Gobierno y el ELN, integrado por
Cuba, España, Francia,
Noruega y Suiza. Las partes convergieron en una
propuesta para crear una
"zona de convivencia" para los diálogos en tres
municipios de los
departamentos de Antioquia y Bolívar, llegando a unos
acuerdos previos relativos
a medidas importantes como la verificación
internacional y la
presencia de autoridades judiciales en la zona. La
activa presencia
paramilitar en dicha región, así como la agitación social
liderada por grupos cívicos
y políticos a nivel local que rechazaron la
iniciativa, empantanaron el
avance. Como consecuencia de esos diálogos, el
ELN liberó el 24 de
diciembre, en Convención (Norte de Santander), a 42
soldados y policías que
mantenía en cautiverio.
Por otra parte, cumplidos
ya dos años de diálogo entre el Gobierno y las
FARC, el balance de los
logros y dificultades es mixto, habida cuenta de
que los diálogos han tenido
como marco la continuación de la confrontación
armada. Para efecto de esos
diálogos se estableció una "zona de
distensión" que abarca
un área de 42.000 km2 en cinco municipios de los
departamentos del Meta y
Caquetá, de los cuales se retiraron los efectivos
de la fuerza pública. El
mantenimiento del mecanismo de la "zona de
distensión" fue arduo.
Al cierre de este informe, el Gobierno autorizó su
vigencia hasta el 31 de
Enero de 2001. Las partes han afirmado que la zona
permitió avanzar en la
construcción de una confianza entre las partes.
Delegados del Gobierno y de
las FARC realizaron un viaje oficial a varios
países de Europa, a
comienzos del año. Las partes han señalado igualmente
el logro de la discusión de
una agenda temática. Cabe anotar que ha habido
una apertura más amplia en
la integración de la delegación negociadora
gubernamental. Algunos
ejercicios de interlocución abiertos a la sociedad
civil, a través de
"audiencias públicas", tuvieron lugar en el territorio
de la "zona de
distensión". Sin embargo, el proceso vivió varias crisis
durante el año, que
llevaron incluso al congelamiento de los diálogos
varias veces. El desaliento
de la opinión pública ante la ausencia de
avances y acuerdos
concretos entre las partes y la escala ascendente de la
confrontación armada, así
como su degradación y el altísimo costo humano
que acarrea, ha llevado al proceso
a un punto de crisis. Algunos ya
cuestionan la conveniencia
de prolongar el mecanismo de la "zona de
distensión".
La zona de distensión se ha
caracterizado por una notable ausencia de los
mecanismos de control e
investigación del Estado. Las fiscalías de San
Vicente del Caguán y de
Mesetas, cerradas el año anterior, no han sido
reabiertas. Como se señaló
el año pasado, las FARC se convirtieron de
facto en la autoridad. Aun
cuando existen fiscalías en municipios aledaños
a la zona de distensión,
sus habitantes no acuden a ellas debido a las
amenazas provenientes de
los grupos paramilitares allí presentes. La
Defensoría del Pueblo ha
podido continuar su labor con cinco oficinas
locales, con apoyo
financiero internacional. Las FARC han sido poco
receptivas a las
intervenciones de la Defensoría relativas a infracciones
al derecho internacional
humanitario. En esta zona persistió entonces la
actuación limitada del Estado.
La Oficina no ha registrado
cambios sustantivos en la conducta de las FARC
en la "zona de
distensión". Los hechos más graves, tratados
específicamente en otros
acápites de este Informe, incluyen la toma de
rehenes, inclusive de
niños, los cuales serian mantenidos cautivos en la
zona y cuyos rescates se
negociarían en la misma; los homicidios de
personas acusadas de
colaborar con los grupos paramilitares y el
reclutamiento de menores de
edad. Se registraron algunos gestos positivos
por parte de las FARC,
tales como la devolución de algunos niños menores
de quince años a sus
familias, y el retorno de los miembros de la
comunidad evangélica . Sin
embargo estos hechos fueron excepcionales y los
comportamientos variaron
según los frentes y los comandantes que operan en
cada localidad. Así, en el
municipio de Vistahermosa aumentó la presión de
los insurgentes sobre la
población y el control sobre la administración
del municipio, exigiendo
incluso la renuncia de varios funcionarios, entre
ellos del personero
municipal. Cabe recordar que en 1999 el alcalde de ese
municipio murió en
Villavicencio a manos de los guerrilleros.
Durante el año 2000 la
Oficina visitó varias veces la "zona de
distensión", y pudo
plantear ante la dirigencia de las FARC sus temas de
mayor preocupación,
principalmente la falta de respeto al derecho
internacional humanitario en
el conjunto del país y las preocupaciones
específicas sobre esa zona.
Las sindicaciones contra las FARC en la "zona
de distensión" han
sido admitidas por el mencionado grupo, aun cuando las
hayan justificado. El
Ministro del Interior en una audiencia, convocada el
7 de diciembre de 2000 por
la Corte Constitucional para revisar la
legalidad del
establecimiento de la referida zona, sostuvo que al Gobierno
no le constaba
probatoriamente que infracciones o delitos imputables a las
FARC se hubieran cometido
en la "zona de distensión".
2. Evolución del
paramilitarismo
En congruencia con las
observaciones reportadas por la Alta Comisionada en
sus informes anteriores, el
Gobierno acepta que el paramilitarismo
representa "una grave
amenaza para la institucionalidad y [es] responsable
de una gran parte del
incremento de las violaciones a los derechos
humanos". Agrega
además que es "uno de los factores que más contribuye a
la degradación de la
confrontación armada" pues "tiene como principal
forma de acción la
utilización del terror contra la población [...] por
medio del asesinato
selectivo o de la masacre indiscriminada", con el
propósito de "provocar
el desplazamiento masivo..." .
Según el Gobierno, el
origen del fenómeno paramilitar y la explicación de
su actual grado de
desarrollo se resumen en la articulación criminal de
las bandas de
narcotraficantes con redes de apoyos sociales, económicos y
políticos en muy
particulares contextos locales y regionales. La Oficina
ha observado y señalado
además que, históricamente, la legislación y las
políticas estatales también
han desempeñado un papel innegable en la
actual magnitud y
características del paramilitarismo. A ello debe
agregarse las notorias
responsabilidades individuales de servidores
públicos involucrados con
estos grupos en el curso de los últimos años,
así como los ciclos de
activo compromiso de las fuerzas militares con
fórmulas de inclusión de
civiles armados en la lucha contrainsurgente.
Cuando se somete a
escrutinio la eficacia real de la acción estatal contra
el fenómeno paramilitar,
los resultados presentados por el Gobierno
contrastan con la acelerada
expansión y presencia de grupos paramilitares
en, por lo menos, 409
municipios (un 40% del país). El Ministerio de
Defensa reconoce que
actualmente operan más de 8.000 paramilitares, lo
cual significa un
crecimiento de 81% en los últimos dos años.
Durante el curso del
período del presente Informe, la Oficina ha podido
acreditar de manera directa
la alarmante consolidación y propagación del
paramilitarismo, así como
su creciente capacidad operativa. Baste
mencionar las acciones de
los frentes "Pacífico", "Farallones" y "Paez"
que operan, principalmente,
en los municipios vallecaucanos de
Buenaventura y Jamundí, así
como en el municipio de Buenos Aires (Cauca).
También es notoria la
extensión de la influencia y presencia de las AUC
desde las zonas baja y
media del Río Atrato hacia su zona alta en el
departamento del Chocó, que
sumieron en la zozobra -incluso en las zonas
urbanas- a las localidades
de Turbo, Apartadó y Quibdó. En el departamento
de Córdoba la hegemonía
paramilitar es creciente en distintos sectores de
la sociedad y la presión se
ha hecho evidente, en particular, en los
espacios políticos y
académicos. En la región del Catatumbo (Norte de
Santander) el
paramilitarismo controla ya el municipio de Tibú.
En sus continuas visitas a
zonas rurales del país, la Oficina siguió
recibiendo y siendo testigo
de múltiples indicios sobre la existencia de
actitudes omisivas así como
de vínculos estrechos y persistentes entre
algunos integrantes de la
fuerza pública y los grupos paramilitares. La
triste revelación de que
varios de los militares destituidos este año
(véase el capítulo VII.A).
han pasado a engrosar las filas paramilitares a
los pocos días de su
separación del servicio activo, es un hecho adicional
de suma preocupación y
motivo de seria reflexión. El alcance de las
observaciones de la Oficina
se puede apreciar por el contenido y
oportunidad de la
información suministrada al Gobierno. Por ejemplo, a la
entrada de la vereda
"El Placer" es notoria la existencia de un retén
paramilitar apenas a quince minutos de La Hormiga (Putumayo),
donde se
asienta un Batallón del
ejército perteneciente a la Brigada XXIV. Ocho
meses después de que la
Oficina reportara su observación directa del
mismo, el retén seguía
operando. Las autoridades militares negaron por
escrito que esa posición
paramilitar existiera. También la Oficina observó
que en la hacienda
"Villa Sandra", entre Puerto Asís y Santa Ana, del
mismo departamento, los
paramilitares se mantenían operando a pocos
minutos de las
instalaciones de la Brigada XXIV del ejército. Con
posterioridad se informó de
dos allanamientos realizados por la fuerza
pública que, al parecer, no
dieron resultados. Sin embargo, la existencia
y mantenimiento de dicha
posición paramilitar es de pleno conocimiento
público, tanto así que fue
visitada en repetidas oportunidades por
periodistas
internacionales, quienes publicaron sus entrevistas con el
comandante paramilitar.
Testimonios recibidos por la Oficina dan cuenta,
incluso, de reuniones entre
miembros de la fuerza pública y paramilitares
en la misma hacienda
"Villa Sandra". A fines de julio, la Oficina alertó a
las autoridades sobre la
inminencia de una incursión paramilitar en el
casco urbano de La Dorada,
municipio de San Miguel (Putumayo), la cual
efectivamente tuvo lugar el
21 de septiembre. Los paramilitares
permanecieron varias
semanas en la localidad, a pesar de que ésta se
encuentra a pocos minutos
de la base del ejército en La Hormiga.
Desde el 24 de marzo la
Oficina comunicó a las autoridades sobre la
existencia de una base
paramilitar en la finca "La Iberia", municipio de
Tuluá (Valle del Cauca),
sin que hasta el cierre de este informe se haya
recibido respuesta sobre
alguna acción al respecto. En "El Guamo", región
de los Montes de María
(Bolívar), existe una base paramilitar cuya
posición incluso ha sido
reconocida ante la Oficina por autoridades
militares de la Brigada I
en Sincelejo (Sucre). Desde esta posición
paramilitar se habrían
ordenado las masacres de Ovejas y El Salado. En el
corregimiento de San Blas
(Bolívar), controlando los accesos a las
localidades de Santa Rosa y
Simití, se encuentra otra base paramilitar. En
el mes de mayo, la Oficina
informó a las autoridades de otra base en "El
Jordán", municipio de
San Carlos (Antioquia). Los batallones de
Contraguerrillas N?4
"Granaderos" y N?42 "Héroes de Barbacoas" están
acantonados a unos 20
minutos del lugar. Los paramilitares permanecieron
en todos los sitios
observados a lo largo del año y cometieron homicidios
y masacres en los cascos
urbanos y en las áreas rurales de dichas
poblaciones.
La intensidad y recurrencia
de las acciones paramilitares contra la
población civil, lejos de
debilitarse se incrementaron, sin que se hayan
visto confrontadas por una
acción gubernamental que les ponga freno. En
contraste con las grandes
ofensivas militares contra las guerrillas, en
las que se aplican ingentes
recursos humanos y logísticos en campañas que
duran semanas, los
resultados que se han presentado en el marco de la
ejecución de la política
gubernamental contra el paramilitarismo y el
funcionamiento del Decreto
324 de 2000, son puntuales. Generalmente, el
ataque contra estos obedece
a escaramuzas menores, requisas y detenciones
individuales y esporádicas
(en muchos casos logradas gracias a la acción
de la Fiscalía). El alcance
estratégico que tales acciones en la lucha
contra el paramilitarismo
es cuestionable. Desde que el Ministro de
Defensa fue designado responsable del "Centro de
coordinación de la lucha
contra los grupos de
autodefensa y demás grupos armados al margen de la
ley", creado por el
mencionado Decreto, la Oficina, como se ha detallado
líneas atrás, ha
transmitido informaciones señalándole la ubicación de
bases paramilitares y los
movimientos de los distintos bloques. Las
respuestas recibidas han
sido generalmente insatisfactorias y formales, al
carecer de información
sobre acciones específicas de las autoridades. Es
relevante destacar que en
las masacres paramilitares de la Unión
(Antioquia), el 8 de julio,
y de la Ciénaga Grande de Santa Marta
(Magdalena), el 22 de
noviembre, se denunció la actitud omisiva de la
fuerza pública. En las
masacres en las comunidades de paz de San José de
Apartadó (Antioquia), el 19
de febrero, y El Salado/Ovejas
(Bolívar/Sucre), 16-19 de
febrero, la Oficina recibió testimonios sobre la
participación directa de
miembros de las fuerzas militares.
A todo lo anterior se añade
la perturbadora holgura con la que el
principal jefe paramilitar
del país, Carlos Castaño Gil, ha obtenido este
año una visibilidad pública
ante los medios de comunicación nacionales e
internacionales. Castaño,
quien ha señalado que su itinerario
contrainsurgente se inició
participando en entrenamientos que se daban en
las instalaciones del
"Batallón Bomboná" (Batallón de Infantería Nº 42 del
ejército) en los años 80,
confiesa que el 70% de la financiación de sus
actividades proviene del
narcotráfico y busca, al parecer, que el Gobierno
considere a los
paramilitares como un actor armado independiente en los
procesos de negociación.
Evolución del
desplazamiento interno
Situaciones de especial preocupación (2)
3. Evolución del
desplazamiento interno
Durante el año 2000, la
expansión, escalamiento y degradación del
conflicto armado han
exacerbado el problema del desplazamiento forzado.
Los actores armados han
continuado intensificando sus operaciones en todo
el país y el desplazamiento
continúa siendo una estrategia de guerra en la
lucha por el control del
territorio. En la actualidad, casi la totalidad
de los departamentos están
afectos por este flagelo.
CODHES reporta una cifra de
más de 308.000 personas desplazadas, de enero
a noviembre de 2000. La
cifra más alta se habría registrado en el tercer
trimestre con 93.216
personas. Según esa organización, estas cifras
representan un inquietante
incremento, pues se sitúan alrededor de las
registradas en 1998, el
peor de los años, pero sin los datos de diciembre.
No obstante, el problema no
se circunscribe a los nuevos desplazados
durante el año 2000, pues
la mayoría de los desplazados de años anteriores
no han visto solucionada su
situación y se encuentran desempleados, con
déficit alimentario, sin
vivienda y en la total indigencia. Esto significa
que las consecuencias del
continuo incremento del número de desplazados
aumenta paulatinamente la
gravedad y dimensión de esta problemática. La
situación constituye una
emergencia humanitaria en el ámbito nacional, con
posibilidades de extenderse
hacia los países vecinos.
La incidencia de las
amenazas de muerte, de las masacres y de los retenes
sobre los desplazamientos
forzados es incuestionable. Así, CODHES destacó
el hecho de que durante el
período de mayor flujo de desplazados, las 53
masacres ocurridas en ese
lapso, que dejaron 285 muertos, han tenido
relación directa con el
abandono de los lugares de residencia.
En cuanto a la
responsabilidad respecto al desplazamiento forzado, la
misma fuente señaló que,
durante el primer semestre de 2000, los
principales responsables
del desplazamiento siguieron siendo los grupos
paramilitares con el 49%, seguidos por la guerrilla con un 28% y
las
fuerzas militares con un
5%. Este año se incrementó en forma notoria el
desplazamiento causado por
desconocidos, que llegó al 16%, lo cual indica
que los actores armados
buscan ocultar su identidad y no reivindican los
hechos de violencia que
provocan desplazamiento. El Ministerio de Defensa
no ha hecho público el
número total de desplazamientos registrados durante
el año, pero según cifras
difundidas por ese despacho, de enero a junio de
2000 el 71% de los
desplazamientos fueron causados presuntamente por
grupos paramilitares, el
14% por grupos guerrilleros, el 15% como
consecuencia de acciones de
guerrilla y paramilitares y el 0,04% por
agentes armados del Estado.
Los departamentos más
afectados por el desplazamiento, ya sea como zonas
de recepción o de
expulsión, siguen siendo Antioquia, Bolívar, Valle del
Cauca, Atlántico, Magdalena
y la ciudad de Bogotá. Este año el fenómeno se
ha acrecentado en los
departamentos de Putumayo, Nariño, Meta, Tolima y
Huila. Además de la
influencia de las violaciones de derechos humanos e
infracciones al derecho
internacional humanitario, la impunidad que ha
reinado en relación a este
fenómeno, sumada a la inacción estatal en el
área de la prevención,
hacen que las poblaciones se desplacen frente a la
orden, amenaza o a la mera
presencia de actores armados como medida
preventiva. La Oficina ha alertado sobre amenazas directas de
desplazamientos forzados o
creciente inseguridad en zonas de expulsión o
de recepción, y ha
solicitado al Gobierno acciones puntuales para
contrarrestar dichas
amenazas. Sin embargo, no ha obtenido respuestas
satisfactorias por parte
del Gobierno.
En cuanto a la atención de
los desplazados, cabe señalar que la Red de
Solidaridad Social, entidad
encargada del tema, aunque tiene presencia en
cada departamento, no es
una estructura suficientemente descentralizada.
Las representaciones
regionales no han recibido suficiente delegación para
la toma de decisiones, ni
tampoco en el manejo de los recursos, ya que
todo se gestiona a través
de Bogotá. La atención de los desplazados se ha
focalizado mayormente en la
ayuda humanitaria de emergencia, la cual
continúa en gran parte en
manos de la comunidad internacional, en
particular del CICR,
entidad que entre enero y octubre ha proporcionado
asistencia a 106.981
personas y 22.564 familias.
Es importante destacar el
aumento en la cobertura del registro de los
desplazados. Sin embargo
sigue sin poder estimarse el desplazamiento en
Colombia, en particular por
la existencia del subregistro. La rigidez en
la atención y las trabas
burocráticas hacen que el registro se perciba,
por la población afectada,
más como una obstaculización para los
beneficios previstos que
como el instrumento para acceder a los mismos.
Adicionalmente, esta
situación hace que el fenómeno del desplazamiento
continúe sin adquirir para
el Estado la dimensión real, con las
consiguientes consecuencias
en la eficacia de las respuestas y en las
prioridades estatales.
Los desplazados no están
recibiendo la debida protección y garantías de
seguridad del Estado. En
muchas zonas receptoras del país, la Oficina ha
registrado casos de
amenazas y atentados contra personas desplazadas y,
particularmente, contra sus
líderes. En este sentido, es extremadamente
preocupante la disminución
de los espacios humanitarios en varias
regiones. El Gobierno no ha
creado aún un programa de protección adecuado
para estas personas en riesgo y no ha tomado medidas para
luchar contra la
discriminación y
estigmatización de la que ellas son objeto. Cabe
mencionar el caso de
Cacarica, en donde tres de los desplazados fueron
muertos en el casco urbano
de Turbo, en marzo de 2000, por presuntos
paramilitares. En
septiembre de 2000 un grupo de desplazados, asentados en
Tuluá (Valle), recibió
amenazas de los paramilitares, conminándolo a
retornar a sus lugares de
origen. El Gobierno respondió creando una
comisión de alto nivel que
hasta la fecha no ha podido dar una solución
definitiva a estos
desplazados, muchos de los cuales se vieron obligados a
acatar la voluntad de los
paramilitares.
La Oficina sigue notando
con preocupación que aún no se cuenta con un
mecanismo legal idóneo para
la reubicación o el retorno de los
desplazados. En el presente
año, gran parte de los retornos masivos de
población desplazada se han
desarrollado sobre la base de frágiles
acuerdos con grupos armados
ilegales, sin que el Estado haya cumplido sus
deberes de protección y
atención frente a dicha población. No se ha
avanzado con los programas
de soluciones duraderas urbanas ni rurales, con
lo cual no se puede hablar
de restablecimiento de la población en
condiciones de seguridad y
de sostenibilidad.
Ante la urgencia de una
respuesta integral y coordinada por parte del
Estado, cabe señalar que
queda pendiente la conformación y funcionamiento
del Consejo Nacional para
la Atención Integral de la Población Desplazada.
Lo mismo debe decirse de la
creación del Observatorio del Desplazamiento
Interno por la Violencia y
de un sistema de alerta temprana, previstos en
la Ley 387.
En septiembre, la Corte
Constitucional emitió un fallo donde describe el
fenómeno como "una
situación de grave emergencia social" y fija términos
para garantizar la
ejecución de la Ley 387. Además, le solicita al
Presidente de la República
asumir la dirección de la política nacional en
esta materia y al gobierno
nacional destinar suficientes recursos para
hacer frente a la
emergencia (véase el capítulo VII.A). En general, el
problema está
fundamentalmente en la puesta en práctica de las normas y
mecanismos previstos más
que en la ausencia de unos y otros.
4. Administración de
justicia e impunidad
La administración de
justicia en Colombia muestra numerosas debilidades y
deficiencias que
representan, a su vez, los principales factores de
impunidad. Además de la
debilidad institucional de la que adolece
actualmente el Estado, las
instituciones judiciales padecen fallas
funcionales, estructurales
y limitaciones presupuestarias.
No todos los funcionarios
judiciales están sometidos a una carrera
judicial, y en particular
en la Fiscalía los puestos son de libre
nombramiento y remoción.
Esto no garantiza la seguridad jurídica y la
estabilidad necesaria para
el libre cumplimiento de sus funciones.
Considerando las
dificultades de seguridad y la falta de credibilidad en
la independencia y en la
eficacia de la justicia por parte de la
población, preocupa que
estas investigaciones dependan excesivamente de
las denuncias y
declaraciones de víctimas y testigos, renuentes a hacerlas
por las razones citadas,
disminuyendo por lo tanto las perspectivas de una
resolución exitosa.
En el presente período, el
programa de protección de la Fiscalía,
destinado a funcionarios
judiciales, víctimas, testigos y otros
intervinientes en el
proceso penal, ha puesto en evidencia su incapacidad
para responder
adecuadamente y oportunamente a la dimensión de la
problemática. El Programa
adoleció de la falta de recursos suficiente por
parte del Gobierno. Por
otro lado, la Fiscalía no parece haber explorado
las diversas estrategias que
podrían, independientemente de los recursos,
fortalecer el mencionado
programa. La Oficina constató la falta de
criterios claros y de
análisis coherente con las urgencias y prioridades
en las decisiones tomadas
en el marco de ese Programa.
La Unidad Nacional de
Derechos Humanos de la Fiscalía supone ser un ámbito
especializado para la
investigación de los casos más relevantes en materia
de derechos humanos, además
de liberar a funcionarios locales de las
amenazas y dificultades de
una investigación in situ. Sin embargo, la
Oficina ha conocido de
casos que llegan al conocimiento de la Unidad y que
no tienen ninguna relación
con ese tema. Esto va en desmedro de la
eficacia de su trabajo y
provoca la acumulación de expedientes que
entorpecen el tratamiento
de los casos para los cuales fue creada. Por
otra parte, casos muy
importantes en materia de derechos humanos han
quedado fuera de la
competencia de la Unidad, como lo fue el caso de
Pueblo Rico. Esto demuestra
que los criterios de selección de casos en la
Fiscalía no mantienen una
claridad y coherencia suficientes para potenciar
al máximo el trabajo de la
Unidad y pone en evidencia la necesidad de
establecer reglas claras y
objetivas que disminuyan la excesiva
discrecionalidad de la
Dirección Nacional de Fiscalías.
En el presente año de
Informe se conformaron ternas para el nombramiento
de magistrados de las altas
cortes. La Oficina ha seguido con preocupación
las denuncias que indicaban
una "politización de la justicia", situación
que impediría el acceso a
esos tribunales a las personas que no se sometan
a cabildeos o no posean
filiación política con los partidos tradicionales.
A esto se suma que la
Contraloría General de la República ha dado a
conocer reportes muy
críticos sobre el manejo de recursos públicos dentro
de entidades de la rama
judicial.
Un elemento muy preocupante
para la Oficina ha sido la situación de
inseguridad de los
funcionarios judiciales en el desarrollo de sus
funciones. Hasta el 15 de
septiembre, el Fondo de Solidaridad con Víctimas
de la Rama Judicial,
registraba un total de por lo menos 9 exiliados,
entre jueces, fiscales y
técnicos judiciales. También informó de un total
de 11 muertos, 11
desaparecidos, 21 víctimas de amenazas y 3 de atentados
con sobrevivientes. La
mayoría de víctimas se registran entre los
investigadores del Cuerpo
Técnico de la Fiscalía (CTI). Este último señaló
que, hasta el 12 de
diciembre, un total de 16 de sus miembros han sido
víctimas de muerte y 11 de
secuestro, de los cuales 3 fueron liberados.
Cabe destacar que el
Programa de Protección de la Fiscalía no cubre la
situación de los
funcionarios judiciales, a pesar de estar previsto en su
mandato. Tampoco el Consejo
Superior de la Judicatura ha puesto énfasis en
esta problemática.
Un factor neurálgico de
impunidad ha continuado siendo el funcionamiento
de la justicia penal
militar en relación con investigaciones de
violaciones de derechos
humanos o de derecho internacional humanitario.
Lamentablemente, a pesar de
la entrada en vigencia del nuevo Código Penal
Militar y de la
jurisprudencia constitucional en la materia (véanse los
capítulos V.A y VIII.B y
C), casos de graves violaciones de derechos
humanos e infracciones al
derecho internacional humanitario siguen en
conocimiento de tribunales
castrenses. Ejemplo de ello es el de Santo
Domingo y el de Pueblo
Rico, donde se investiga a militares por dar muerte
a civiles, que han sido
trasladados en el trascurso del año al fuero
militar. Otros, como el de
la masacre de Mapiripán, continúan en ese
fuero. En el primer caso,
la Oficina teme por el éxito de la
investigación, considerando
las reiteradas declaraciones de la fuerza
pública señalando que los
hechos sucedieron como consecuencia de un carro
bomba de la guerrilla. Lo
paradójico de este caso es que, mientras se
ciernen temores de
impunidad sobre esos hechos, defensores de derechos
humanos, denunciantes de
los mismos, están procesados por calumnia e
investigados por la
Fiscalía, en seguimiento de la denuncia presentada por
el Comandante General de la
Fuerza Aérea.
Durante el período que
abarca el presente informe, el Comité de impulso de
las investigaciones de
casos de violaciones de derechos humanos y de
derecho internacional
humanitario, creado por Decreto 2.429 de 1998, y
presidido por el
Vicepresidente, sólo se reunió en 2 oportunidades, además
de tres reuniones del grupo
de trabajo que prepara su agenda.
A partir del mes de julio
no se registraron nuevas reuniones de esta
instancia. En este marco,
es muy difícil conceder los pocos avances que
puedan haberse registrado en los procesos a la acción efectiva de
esta
instancia.
En casos en que la
Procuraduría, en sus funciones de Ministerio Público
estaba en la obligación de
vigilar y exigir el respeto de las garantías
judiciales, la Oficina
recibió información sobre la actuación deficiente
de aquella, en particular
en investigaciones por graves violaciones de
derechos humanos y
especialmente en procesos ante la justicia penal
militar. Este último aspecto
es de gran importancia tomando en cuenta que
en esas cuestionadas
investigaciones el control del Ministerio Público es
esencial para exigir que se
respete el debido proceso y evitar la
impunidad.
La Defensoría Pública
cuenta con 957 defensores contratados que se ocupan
de procesos penales. Si
bien una resolución le obliga a prever un defensor
por cada municipio, su
cobertura sólo abarca alrededor del 85% del
territorio nacional. No
obstante esta dificultad, es necesario recordar
que también hay que tomar
en cuenta las necesidades y características
propias de cada región del
país en la distribución del servicio. No existe
una metodología
transparente y adecuada para la contratación, la cual no
se lleva a cabo mediante
concurso.
Los problemas descritos en
el informe anterior sobre las limitaciones al
acceso a la justicia en
varias regiones del país siguen vigentes en este
período de examen. En
algunas regiones, la presencia y control de los
actores armados se ha
fortalecido e incrementado haciendo que las
posibilidades reales de
acción independiente por parte de los funcionarios
judiciales, libre de
hostigamientos o presiones, sea extremadamente
limitada.
Situación carcelaria.
Defensores de derechos humanos
Situaciones de especial preocupación (3)
5. Situación carcelaria
La Oficina ha observado con
preocupación la grave situación de las
cárceles. Tal como lo ha
señalado la Corte Constitucional y diversos
informes sobre la materia,
las precarias condiciones de los internos en
los diferentes centros de
reclusión del país, en las estaciones de policía
y en las salas de retenidos
del DAS, SIJIN, DIJIN y CTI, distan mucho de
ser consideradas
mínimamente respetuosas de la dignidad humana. A este
respecto, esa Corte ha
emitido un nuevo pronunciamiento (Sentencia T
847/00) previniendo a las
autoridades competentes para que se abstengan de
mantener detenidos en sus
dependencias más allá de las 36 horas prescritas
por la Constitución. Pese a
esta decisión, la autoridad penitenciaria
continúa remitiendo
internos a las dependencias policivas.
El Ministerio de Justicia
ha formulado el denominado "Plan Integral del
Sistema Penitenciario y
Carcelario". En un sucinto diagnóstico ese plan
señala, entre otras, las
siguientes falencias del sistema: la corrupción
en el interior de las
cárceles; la vetustez y el mal estado de las
edificaciones utilizadas
para albergar internos; la falta de aplicación de
planes de seguridad; las
deficiencias en las remisiones y traslados; los
altos índices de
hacinamiento; la violencia e intolerancia en el interior
de las reclusiones, y la
ineficacia en la información y sistematización en
los diferentes centros de
reclusión. El informe de seguimiento del
mencionado plan integral señala
avances en materia de habilitación de
cupos, salud, alimentación,
capacitación de la guardia y lucha contra la
corrupción. Sin embargo,
con fundamento en las apreciaciones de la
Defensoría del Pueblo y de
la población carcelaria, la Oficina tiene
motivos para diferir de
estas afirmaciones.
La superpoblación
carcelaria, la disputa por el ejercicio del poder y el
control en las cárceles por
parte de los diferentes grupos al margen de la
ley, así como la existencia
de diversos tipos de armas y los altos índices
de corrupción, ponen de
manifiesto la falta de control del Estado y la
ausencia de políticas
institucionales para la promoción del desarrollo
integral de los reclusos.
Según información del Instituto Nacional
Penitenciario y Carcelario
(INPEC), hasta el mes de septiembre, se habrían
registrado en las cárceles
145 víctimas de muerte violenta y 426 heridos.
Cabe destacar el hecho
ocurrido en la Cárcel Nacional Modelo de Bogotá, el
27 de abril de 2000, donde
internos armados se enfrentaron violentamente,
con un saldo de 25 muertos,
18 heridos y un numero indeterminado de
desaparecidos. En dicho
incidente se requisaron armas, explosivos,
cartuchos, elementos de comunicación, insignias de las AUC y otros
enseres. La intervención
oportuna de la fuerza pública habría impedido que
este hecho tuviera tan alto
costo de vidas humanas. Este es un claro
ejemplo de la situación
carcelaria reseñada, que tiende a agravarse en
tanto que el Estado no
adopte medidas eficaces para erradicar las causas
estructurales que la han
conducido a su actual crisis.
La objeción del Ejecutivo
al proyecto de ley por el cual se concedía
rebajas de penas con
ocasión del jubileo, unida a las inhumanas
condiciones en las que se
encuentran los reclusos, motivó una jornada de
"desobediencia
civil" en la que cerca de 6.000 familiares de los internos
permanecieron por más de
cuatro días en el interior de varios centros
carcelarios del país. Entre
los principales reclamos de los internos
estaban la convocatoria
inmediata de los representantes de la Mesa
Nacional de Trabajo, una
comisión de verificación de derechos humanos en