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Rebelión
20 de abril del 2002
Volverán
a intentarlo
Carlos Fazio
La Jornada
Fue
un golpe de Estado cívico-militar clásico. De factu-
ra estadunidense. Transparente. Un golpe de Estado oligárquico,
corporativista. De ultraderecha. Todo el tiempo contó con
el apoyo de la Casa Blanca. Fue un golpe con olor a petróleo
y a reacomodos geopolíticos continentales. El siguiente objetivo
era Cuba. No queda duda.
"Ni
un solo barril a la isla", fue el guiño a Washington
de los golpistas a través del fugaz gerente de suministro
de Petróleos de Venezuela, Edgar Paredes. Casualmente, el
coronel Pedro Soto, una de las cabezas visibles de la conspiración,
visitaba Washington y Miami cuando se consumó la intentona
golpista. Se adivina detrás la mano de Otto Reich, el ex
embajador estadunidense en Caracas y actual asesor de Asuntos Interamericanos
de la administración Bush. Un viejo halcón ligado
a la CIA y a la mafia terrorista cubano-estadunidense de Florida,
estado donde se fraguó el fraude electoral que llevó
a George W. Bush a la oficina oval.
Fue
un golpe largamente preparado. Fracasó, sí. Pero volverán
a intentarlo. Como suele ocurrir en estos casos, la efímera
dictadura del empresario petrolero Pedro Carmona se juramentó
ante "Dios Todopoderoso", en nombre de la sacrosanta "democracia".
Lo hizo rodeado de militares en una de las principales bases castrenses
de Venezuela. Contó, in situ, con la bendición de
Baltasar Porras, presidente de la Conferencia Episcopal. Y con el
aval de los banqueros de Wall Street y de la "prensa libre"
(radiofónica, escrita y televisiva) de Washington, Caracas
y algunas capitales de América Latina.
Santa
alianza. Dios, la espada y el poder del dinero. Con el "cuarto
poder" (las cadenas Globovisión, Radio Caracas Televisión,
Televen, Meridiano TV, CMT, Vale TV, CNN en español y Televisa)
participando de la conjura, legitimándola.
Nada
nuevo. El caracazo mediático desinformador, adscrito a la
guerra de baja intensidad, con el mismo patrón desestabilizador
que operó antes contra Manuel Antonio Noriega en Panamá
y a favor de los contras versus la Nicaragua sandinista. Ejemplos
sobran.
Una
vez más los poderes fácticos en acción. Vieja
receta. Cuando los oligarcas vernáculos y sus socios del
exterior sienten peligrar sus intereses recurren a la fuerza en
nombre de la democracia. Casi nunca falla. Necesitan tener el control
del poder en sus manos sin intermediarios. Pero como la dictadura
es un sistema de gobierno que está hoy desprestigiado, huye
de su propio nombre y se reivindica como estado de derecho. Aunque
tenga que asumir poderes extraordinarios, pisotear la Constitución,
disolver el Congreso, el Poder Judicial y el Consejo Nacional Electoral,
destituir alcaldes y gobernadores, y desatar una represiva cacería
de brujas con apoyo de los paramilitares, la policía y el
ejército. Fue lo que hicieron Carmona y sus cómplices
golpistas el fin de semana pasado.
Dictadura,
del latín dictator, significa gobierno absoluto de una persona
o grupo sin necesidad del consentimiento del gobernado. ¿Quién
designó a Carmona? Un grupo. ¿En nombre de quién?
De sus intereses de clase. Ningún dictador dice que es dictador.
Todos los sistemas proclaman representar la voluntad del pueblo,
del soberano. Hay dictaduras semánticas; formas anónimas
de la dictadura. No-democracias que llegan al poder mediante la
violencia y la manipulación. Fue la intentona de Carmona
y los golpistas.
En
las fases de crisis hegemónica, de inestabilidad estructural
e institucional, la clase dominante siempre recurre al "orden"
para garantizar el mantenimiento de las condiciones de reproducción
del modo de producción capitalista. Algunas veces los amos
del poder recurren a gobiernos militares bajo cualquiera de sus
formas históricas: bonapartismo, dictadura militar, fascismo.
Otras veces la oligarquía asume directamente el poder. Pone
al mando a uno de los suyos. Como fue el fracasado caso de Pedro
Carmona, el empresario huelguista, ¡rara hazaña! (pese
a sus reminiscencias pinochetistas), que lideraba la patronal reaccionaria,
Fedecámaras.
Pero
el drama de Venezuela durante 47 horas exhibió otra cara.
La de los medios masivos. La de la indignidad intelectual. La del
desprecio por los más limpios valores. La del odio a la inteligencia,
a la información, al libre examen, a la cultura. Una jauría
desenfrenada y concertada de "comunicadores", incluidos
los de algunos noticiarios mexicanos, durante varias horas exhibieron
sus rencores y sus fobias. Incapaces para el análisis, calumniaron,
difamaron. Había que abatir al enemigo. A Chávez,
el "dictador", el "autoritario". ¿Discutir
sus ideas? Para qué. ¿Refutarlas? Para qué.
¿Oponerle otras? Para qué. Simplemente se dedicaron
a la morbosa tarea de falsear la realidad, de tergiversarla. Cualquier
cagatinta recién llegado se erige, desde la televisión,
la radio o la prensa escrita, en juez y fiscal de conductas ajenas,
en agente transmisor de la maledicencia y la conjura. Muchas buenas
conciencias, que militan en las filas de los políticamente
correctos, abonaron la ficción y la mentira en función
de los más aptos, los mejor dotados, la nueva elite que se
encaramaba en el poder en Venezuela.
Igual
que los aristócratas de las elites que representan, sienten
desprecio por la masa. La llaman chusma, horda. La animalizan. Están
convencidos de que la masa siempre necesita ser domesticada. Es
la antípoda del dictador. Por eso, los "ingobernables",
los descarriados, los que se salen de la "grey", del "rebaño",
sólo entienden con la mano dura.
Necesitan
del castigo, del miedo, del palo, para que se pueda domeñar
su agresividad. Necesitan un jefe. Ese fue el papel que había
asumido el derechista Carmona. El efímero dictador que iba
a controlar a las "hordas chavistas". El nuevo jefe del
rebaño. El dictador democrático que llegaba en nombre
de la "razón social" de los que mandan. Fracasó
en su misión. Pero volverán a intentarlo. El u otros
sublevados que participaron en la intentona con Carmona. La razón
es sencilla: los verdaderos amos de la conspiración teledirigida
están en Washington y siguen queriendo la cabeza de Chávez.
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